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Hace un par de meses estuvo en el CCCB de Barcelona uno de los sociólogos más impactantes en el estudio de la sociedad post moderna. Zygmunt Bauman con su afinada elegancia, nos mostró una vez más que está sucediendo en nuestro mundo.

En una sociedad con una velocidad de vértigo en querer cambiar las cosas, al querer vivir en una cultura del malbaratamiento, donde lo que no funciona ya no se arregla sino que se tira, incluido las relaciones; las instituciones educativas que son espacios de crecimiento de los jóvenes, también se ven afectadas.

La creencia de que la educación al largo de la historia ha sido un elemento básico en el crecimiento del mundo, donde la relación entre maestro y alumnos se basaba en saber transmitir los conocimientos al que no los sabe; y así permitir que las sociedades que por inercia son desiguales, gracias al talento y al esfuerzo pudieran equilibrarse, y que muchos nuevos receptores de conocimientos llegaran a conseguir cosas.

Actualmente esta idea ya no es tan sostenible, ya que el conocimiento que antes estaba ubicado en espacios específicos (el maestro, los colegios, las universidades), ha ido esparciéndose a otros canales de más fácil acceso, donde internet es el marco más potente. Ahora acceder a la información es sencillo y masivo; y este incremento de acceso devalúa al propio conocimiento, pudiendo llegar a casos reales donde tener un título universitario o no, pierde su valor.

Existe un “ahogo” ante tanta información generada, y biológicamente nuestro cerebro no la puede gestionar ni reciclar; además con el agravante de que gran cantidad de esta información que circula en la red es irrelevante. Por ejemplo buscar en Google la palabra “utopía” y tendremos más de 65 millones de entradas….65 millones para solo una palabra.

Este enamoramiento y adicción a la información de nuestra sociedad, determina que el 99,9% de lo que nos llega casi no tiene valor, y los efectos a nivel social e individual de este exceso de información son evidentes. Nuestro pensamiento se acelera y esto origina que lo que narramos de manera ordenada y progresiva vaya perdiendo calidad, y esta narración poco a poco se va extendido hasta llegar a marcar un estilo de vida que genera desorientación y paradójicamente perdida del conocimiento.

Hemos sido capaces de ubicar el conocimiento en servidores, que utilizamos cuando lo consideramos necesario pero que  ya no forman parte de nuestra vida. Y no me diréis, y a mi me pasa a menudo,  de creer tener un sentimiento de ignorancia grande. Y esta situación afecta directamente a la educación, los profesores que no maestros, empiezan a estar habituados a los plagios de los estudiantes cuando hacen sus trabajos, donde copiar datos y pegarlos es lo que toca.

Si a ello le sumamos la crisis económica, social y de valores que estamos sufriendo, ya que muchos universitarios con títulos se encuentran en situaciones laborales muy precarias, sin ningún vínculo con lo que han estudiado o directamente sin trabajo, hacen que muchos hermanos pequeños observando el desequilibrio que han vivido sus hermanos mayores, que han dedicado años de estudios y esfuerzos para un premio que es mínimo o ninguno, hayan perdido cualquier confianza, en aprender.

Además esto se acentúa cuando modelos de nuevos multimillonarios sin haber sido grandes estudiantes han triunfado en los negocios (por ejemplo los fundadores de Apple o Facebook), y de esta forma se reordena el sistema de creencias y de valores, hasta el límite de considerarse un éxito el fracaso escolar y una apuesta real el crear un blog que sea “cazado” por un mecenas y te haga rico en un día.

Posiblemente sea cierto lo que Bauman vaticina. Considera que nuestra incerteza contemporánea está causada por los mercados que no paran de desarrollarse. Es necesario volver a plantearse el sistema de educación, pero esto no es bueno para los gobiernos debido a la fuerte presión que son sometidos por los bancos mundiales que conspiran contra la propia reforma de la educación (como sucedió en el modelo planteado en Bolonia donde era el mercado y por tanto las empresas las que determinan y calibran la relación entre la Universidad y la Empresa).

Desconozco si es cierto o no, aunque todo apunta que así sea. Al fin y al cabo los datos de la realidad social de nuestro primer mundo así lo verifican. Crecen las desigualdades, el bienestar de los más ricos no beneficia a todos, por ejemplo en Estados Unidos el 93% de los beneficios va a parar al 1% de la población y el 7% restante se reparte entre el 99%. Y esto modifica la mirada de la sociedad, donde la idea de que solo podríamos crecer, se ha convertido en no perder lo que ya se tiene.

Bauman es realista y esto determina la dureza de lo que sucede. Pero también nos muestra que hay síntomas de una mayor implicación con el mundo, gracias al vínculo entre lo interno y lo personal. Donde se recupera el principio aristotélico de que uno puede ser una buena persona en una buena sociedad aunque no se manifieste en el sistema político. Recuperar este vinculo entre lo interno y lo personal, se convierte en un elemento clave. Hay caminos que pueden permitir la modernización respetando la racionalidad y los derechos de las personas.

Estamos en un mundo que ha generado un movimiento controlado pero que es imposible de controlar ya que la potente globalización a reorganizado la economía a nivel mundial, siendo los derrotados la gestión local, donde la desvinculación económica frente a lo social, lo político y cultural ha sido abismal.  Se genera un sentimiento de desconfianza constante que determina la actual crispación, y la confianza así como la filiación son atributos que forman parte del ADN básico del ser humano. Valoramos y defendemos nuestra libertad personal, pero precisa de la cohesión con el grupo o con la familia, y esto quiere decir con el amor, y no nos podemos permitir el lujo de que el amor disminuya.

Aunque el sistema global y seguramente la educación que se genera, fomenta la idealización del yo, que implica egoísmo codicioso ante nuestras necesidades, tenemos una gran aliada, que es la inteligencia emocional, que no es la misma que la cognitiva. Nuestra sabiduría surge de nuestra memoria, y nuestra memoria se crea a partir de nuestra percepción inconsciente, que sin aprender fechas, nombres y datos, es capaz de advertirnos intuitivamente de lo que debemos hacer, y esto nos llega gracias a la experiencia. La inteligencia emocional se convierte en un motor de gran potencia para poder hacer cosas nuevas en el futuro, y hay que alimentarlo con el entusiasmo, que debe ayudarnos a imaginar lo que se puede llegar a ser y hacer.

Si el sistema global basado en sociedades patriarcales ha sido capaz de desplazar a un lado lo que era de por si natural, generando nuestras respuestas adaptativas que al final se convierten en nuestras neurosis, habrá que volver a acercarse a nuestra faceta instintiva y proximidad a los demás, recuperar la mujer y el niño interior. Se trata de volver al amor similar al goce de un niño, la ternura y la compasión, valores maternales que son la esencia de las emociones, así como lo paternal que sustentan el amor devocional del enamoramiento.

A los jóvenes hay que explicarles una educación basada en la virtud, sin moralismos para evitar menospreciar y dominar a los demás. Los actos buenos son aquellos que surgen de estar uno mismo bien. Así la educación debería ser un espacio para el desarrollo  de personas completas, en vez de estar consagradas a una instrucción, ya que roba tanto a los educadores como a los educados la capacidad de sanar, evolucionar y descubrir la vida verdadera.

Los formadores deben ser capaces de desarrollar las competencias para formar seres humanos y gestionar programas para conocerse a uno mismo, permitiendo reconocer aquel amor falso creado para sobrevivir al autoritarismo y represión en el goce del vivir.

La educación debe entender la idea de que no hay ninguna acción sin una emoción humana, que sea capaz de crear espacios para pensar y actuar. Todo alumno tiene al menos alguna capacidad que le hace sobresalir, y se le debe ayudar a encontrarla mediante el reconocimiento, que le hará crecer y entregarse al aprendizaje. Nuestra educación actual, basada en contenidos empaquetados no ayuda a desarrollar nuestras competencias, conocimientos, habilidades, actitudes y valores.

Y lo importante son los valores y las relaciones. No podemos educar solo creyendo que sepan hacer algo, se debe educar para que sean. En todo ser humano hay creatividad y bondad. Y aquí los padres y los entornos familiares y cercanos son muy importantes, ya que deben ser espacios donde fomenten la fantasía del pequeño, la aventura y la incitación al descubrimiento del niño, los retos del joven y la proyección social del adulto. Si alguien interviene en algo creativo, hay que aplaudirle porque la sensación que esta persona recibe con el aplauso (reconocimiento) es imborrable y su efecto es un multiplicador muy potente. Obviamente lo creativo debe ser algo que aporte valor, saliendo de uno mismo para que beneficie al otro. Y fijaros que emociones encontramos detrás de esta nueva mirada, la pasión, el deseo y la necesidad en hacer y comunicar.

Hay que conseguir transformar los contenidos en vivencias, y esto en el sistema educacional actual y su masiva recepción de información lo impiden. Si el maestro se conforma en ser un técnico de la información, será tratado como tal, ya que no se forma sino que se informa, sin saber llegar a enseñar que es lo importante y lo relativo.

Si tenemos miedo al caos y a la tecnocracia,  evitamos el dialogo sobre las experiencias, y esto impide que nuestra inteligencia emocional pueda aprender, creando un aumento de huérfanos culturales. Volvemos a acumular datos y mas datos creyendo que esto es cultura, pero nadie es capaz de explicar que emociones habían detrás de personajes como Cervantes, Picasso, Dante o Einstein.

Es preciso llegar a conectar con ellos y con lo que sentían, para conseguir energías con gran poder como la fascinación, la pasión y la ilusión. Y estos elementos son los que generaran el ingenio y el querer profundizar en aquello que para nosotros es importante. Sin esta conexión emocional estamos condenados a ser seres manipulables y convivir en la existencia líquida de las autopistas hiperactivas de información.

Los padres, los amigos, los maestros deben reír y sentir alegría generando estas conexiones con las emociones de aquellos que han hecho grandes cosas o no tan grandes. Acompañar a los pequeños, niños y jóvenes a espacios culturales, deportivos o sociales que complementen la educación de las instituciones, y ser capaces de leer en sus hijos aquel brillo de los ojos, aquella sonrisa de corazón o aquella mirada de asombro al poder conectar con la pasión del pincel de Picasso, la fantasía de la pluma de Cervantes o la diversión de la fórmula de Einstein.

Mientras esperamos, como pide Manu Chao rearmar la educación ¿porque no empezar desde nosotros mismos y encontrarnos en lo cercano?
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