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Blog, Somos relacionales
El banco, símbolo de la paciencia

La vida es una sala de espera. En las paredes de los ambulatorios de atención primaria hay carteles que rezan «La hora de citación es orientativa, cada paciente requiere un tiempo que no es posible calcular».  La vida es lo mismo y, por cierto, no puede ser casualidad que en la sanidad privada se llamen «enfermos» y en la pública «pacientes».

Esperar, del latín spērāre , forma verbal de spes, esperanza. En todos los análisis etimológicos, esperanza se relaciona con confianza; «confiar que algo ocurrirá o que alguien vendrá». Si fuera tan sencillo como confiar o no confiar… 

Siempre estamos esperando.  Que deje de llover, que llegue alguien, que sea Navidad, que acabe de una vez la Navidad, que se recupere la economía, que baje el paro, que nos suban el sueldo, que se jubile el director general,  que alguien responda, que alguien vuelva, que alguien nunca vuelva, que se den cuenta (los demás) de cuánto valgo, o de cuánto les quiero, que me vean, me tengan en cuenta, me incluyan, esperando ser tenidos en cuenta.

Esperamos, desde el deseo, lo que queremos que llegue. Esperamos respuestas, banales para otros, pero importantes para nosotros. Esperamos que alguien reaccione ante nuestra broma, pequeño chiste de Whatsapp o foto enviada. Esperamos un «¡estás muy guapa!», un «¡qué interesante el artículo!» o un «¡qué te vaya bien en tu proyecto!  Buscamos la validación a lo que pensamos y sentimos: «no me extraña que te hayas enfadado», «normal que no quieras ir allí, yo tampoco hubiera ido», o «ese es el trabajo de tu vida, acéptalo ya». Esperamos. Siempre.

En un plano distinto, esperamos que los otros hagan lo que nosotros haríamos. Decía Santo Tomás: «Haz con otros lo que quisieras que hicieran contigo». Y decía Bernard Shawn: «antes pregúntales si sus gustos coinciden con los tuyos». Por eso un padre lleva a un nieto a escuchar la Novena de Beethoven, o un hijo lleva a un padre a la final de fútbol de su equipo, ambos queriendo ser acompañados en lo que les gusta, queriendo tener un testigo de un momento que (para ellos) es vital, ambos ofreciendo lo que uno quiere ofrecer, no quizás el plan que el otro quiere recibir o necesita hacer o disfruta haciendo.

Esperamos cada día que nos vean, nos observen, se den cuenta de cómo estamos y sentimos mientras, atrapados en la contradicción humana, nos esforzamos por pasar desapercibidos y por que nadie sepa qué pasa dentro de uno. Dejarse ver, dejar al aire las propias necesidades, nos hace sentir vulnerables, así que las escondemos de mil modos sutiles, pero esperamos, incluso exigimos al otro que las vea y las comprenda, aunque no siempre permitimos que sea así. Observen la contradicción:

–¿No ves que me encuentro mal y necesito descansar? –le reprochamos a la pareja mientras nos hacemos los fuertes y seguimos el ritmo de cada día.

–¿No te das cuenta de que estoy triste y necesito mimos? –pero llevamos varios días ocultando la tristeza tras una actividad frenética.

¡Parece mentira que no veas que no puedo más! –cuando llevo semanas pudiendo con todo, y con más.

–¿Por qué insistes? A mí no me pasa nada, déjame en paz –aunque llevo tiempo mostrando que estoy pasando por un mal momento y necesito mucho caso y cariño.

Esperamos, pues, que ocurran cosas mientras nos ocupamos intensamente de que no ocurran.

Las esperas más duras son en relación con la vida, con la muerte y con el amor. Esperar que alguien viva o muera o siga en situación de final hasta que nosotros nos hayamos hecho a la idea de que morirá. Una misma situación se lee en clave de vida o muerte en función del lector. Los médicos dicen «hay que esperar», pero no dicen qué. Y con eso, cada cual espera en función de sus deseos, su situación vital, su historia o su fortaleza emocional.

No espera igual quien tiene vínculos de dependencia. No espera igual quien no puede soportar un determinado desenlace. No es la misma espera la del que tiene alternativas y opciones, que la de quien siente que pierde todo lo que tiene. No es igual esperar cuando sabemos que quedan cosas por resolver, conversaciones pendientes. No se espera de la misma forma con y sin deudas o perdón, con agradecimiento que con reproche.

Esperar también (y sobre todo) tiene que ver con reconocer a otros y respetar su proceso. Cantaba Sabina: «Solo puedo pedirte que me esperes al otro lado de la nube negra». Con esto dejamos que los otros sigan donde están, sin empujarles a salir de allí a un ritmo forzado. A menudo decimos cosas como «no estés triste, va, anímate» y eso está muy lejos de esperar a que otros terminen su propio proceso al ritmo que necesite. En realidad, está más cerca de que yo no quiero que tú estés así. Mejor será que nosotros simplemente, a una distancia elegante, los esperemos con cariño, les demos el derecho a estar como están, y el respeto necesario hasta que salgan de su nube negra.

Esperar tiene un sentido de futuro, cuando uno mira hacia adelante y se ve caminando con algunas personas, conservando unos afectos y renunciando a otros, construyendo un mañana en el que unos están y otros quizá no. Espero porque sé que estaremos, pase lo que pase por medio, estaremos y caminaremos juntos otra vez, más adelante, en otro momento quizá. El valor de saber que los destinos están conectados y que habrá más, habrá un mañana. Y allí te espero, amiga, amigo, hermano, compañero, socia, hijo mío, hermana. No tengo claro dónde ni cuándo, pero sé que esperarte valdrá la pena. Porque quizá ahora no es, pero sé que será en algún momento.

Esperar requiere de la capacidad de esperar lo no esperado para poder recibirlo. Lo in-esperado nos trastocaría mucho menos si supiéramos darle un espacio en nuestra estrecha vida ultraplanificada y prevista. Que levante la mano la mente marciana que incorpora en su pensamiento diario la capacidad de contemplar lo inesperado como variable posible.

Esperamos la vida y nunca esperamos la muerte. Esperamos el encuentro y nunca esperamos la ruptura. Esperamos la decisión y no nos preparamos para la renuncia que traerá. Esperamos todo y no queremos prescindir de nada. Esperamos que todos hagan o digan o sientan, mientras nos resistimos a hacer, decir o sentir.

Esperar siempre lo mejor, prepararse para lo peor, dice mi madre.

Comprender que la expectativa es tuya, no del otro. Cómo coloca y asienta la relación con los demás tomar conciencia de cuál es tu espera y que no es del otro. Al que nada espera, todo le  llega envuelto en agradecimiento. Todo está bien.

Y, sin embargo, los acontecimientos más importantes de nuestra vida casi nunca son esperados. Se trata de cosas que ocurren, casualidades o, mejor aún, causalidades. «Voy a quedarme aquí todo el tiempo que haga falta. Estoy esperando la casualidad de mi vida, la más grande, y eso que las he tenido de muchas clases. Sí. Podría unir mi vida uniendo casualidades», decía Robert de Niro como protagonista de Érase una vez en América.

Hace poco leí que el botón más pulsado en los ascensores, estadísticamente, es el de «cerrar puertas». Si no podemos esperar que se cierre la puerta de un ascensor, ¿cómo vamos a esperar nada razonable de los que nos rodean?  ¿Cómo vamos a vivir estas esperas que tan vagamente tienen que ver con el tiempo?

Esperar no tiene que ver solo con los demás, sino, sobre todo, con uno mismo. Sin más. El qué, el porqué y cuándo de la espera están en ti, no en los otros. A partir de ahí, puedes gestionarlo.

Pues eso, «espero que disfrutes de la decepción»*.

(*) De la película Crepúsculo.

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Hace unas semanas estaba en la oficina de un cliente. Tenía la misión de que debatir o negociar con un directivo de la casa, un tipo que a priori no tenía buena disposición a colaborar desde su reinito corporativo en lo que “el proyecto” requería de su ámbito de gestión-poder-influencia. Conviene recordar que “el proyecto”, esto es, aquello que intentábamos sacar adelante mi cliente y yo, era un proyecto de la empresa, no una embajada particular o personal de un individuo concreto; no un interés personal sino común y -en principio- compartido. Conviene recordar también que, en estas situaciones, el asesor externo (a la sazón, yo misma), persigue un objetivo que es aquél para el que ha sido contratado; es decir, que no está una dando una batalla personal ni peleando por tener la razón. En aquella reunión, expusimos con concreción las actuaciones específicas que se requerían de su área para avanzar en el proyecto, qué acciones, qué decisiones debían implementarse en su pequeño feudo para poder avanzar en el proyecto, y eventualmente, cumplir el mandato de la dirección, y, más específicamente, del propietario de la empresa.  Había una lista de ocho acciones, del tipo: mandar una comunicación a todos los proveedores informando de…; o solicitar a los principales clientes que nos hagan llegar… ; o analizar el volumen económico de los compromisos comerciales de la empresa para identificar proveedores/clientes de alto riesgo y emprender (o no) determinadas acciones con ellos;…o estudiar la antigüedad de algunos de nuestros acuerdos de colaboración, que hoy en día están inactivos, para decidir si hay que renovar, rescindir o modificar esos acuerdos. Cosas así… Bien, tras la exposición repasó una por una todas las acciones, y con firmeza, añadió: “bueno, a ver, lo entiendo, eh?, pero…esto no se puede, esto tampoco, esto es imposible, esto ni pensarlo…No, no se pueden hacer, no, ninguna de ellas.” Pronunciaba esas frases mientras iba tachando de una lista las diferentes opciones. Explicamos que no eran simples ocurrencias, sino que eran acciones que había que hacer para cumplir el propósito marcado por los jefes/propietarios.  Y le invitamos a analizar juntos qué quería decir con su “no-se-puede”. Y es que esta reflexión es necesaria, no solo en este contexto, sino en todos los planos: personal, profesional, social, educacional, relacional, político… ¿Qué queremos decir, realmente, cuando decimos “no-se-puede”? Detrás del no-se-puede puede haber un “ufff-esto-es-políticamente-complicado”. Y es que supone un trabajo de diplomacia corporativa que a menudo produce rechazo y echa para atrás; sentarse con alguien que no nos gusta, tener conversaciones que no apetece tener, escuchar cosas que no queremos escuchar… También puede estar el miedo a los dineros; no-se-puede, entonces, es “nunca lo aprobarán, los gastos están contenidos, no se entenderá la inversión… “. Y claro, “yo quedaré expuesto o cuestionado por haberlo planteado”. Otras veces, no-se-puede tiene que ver con la pereza a entablar una batalla interna en la que sabemos que es difícil ganar, por tanto, ni lo intentamos… No-se-puede también significa que alguien no está dispuesto a exponerse o que su energía en ese momento está en otras historias. O tiene que ver con cuán reconocido se sienta alguien en la organización, o se refiere a historias del pasado que no dejaron buen sabor de boca. Y casi siempre, no-se-puede nos conecta con una emoción que, a según qué personas y por sus experiencias vitales, no les permite entrar en un campo determinado. Realmente, en cualquiera de las situaciones anteriores, lo que existe es un temor a perder el reconocimiento de los demás, a quedar señalado o invisibilizado por no estar en la corriente de la mayoría, y, en último término, una capacidad limitada a defender un espacio propio, espacio de ideas, de opiniones, de propiedad de nuestro lugar. Como siempre, un temor a no ser valorados y reconocidos desde nuestra singularidad. Esa singularidad a la que lleva la determinación y la defensa de lo que uno cree, pase lo que pase, pese a quien pese, y sabiendo asumir las renuncias que implica la batalla elegida. Por todo ello, he aquí una invitación a pensar, cuando escuchemos no-se-puede, cuántos significados puede llegar a tener esta expresión. Cuántas veces, con un simple no-se-puede, o no-puedes-hacer-eso, alguien consigue echar atrás nuestra decisión. Pero, sobre todo, cuando nosotros mismos la pronunciamos, ¿Qué estamos queriendo decir?  ¿Qué renuncias hacemos? ¿Qué espacio defendemos? ¿Qué queremos decir cada vez que decimos no-se-puede?. Decía Indira Gandhi, “con el puño no se puede dar un apretón de manos”. Pues con el no-se-puede, sencillamente no se puede.
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El análisis y la comprensión de dos grandes ámbitos ha movido mis inquietudes profesionales desde hace años: las relaciones entre personas y organizaciones, y la gestión por valores. Más allá de su estudio e implantación, me ha preocupado y ocupado, y lo sigue haciendo, comprender la interacción entre ambos. Lo relacional abarca todo, está en todo, impregna todo. Las personas somos seres relacionales desde incluso antes de nacer, condicionamos toda nuestra vida por la manera de relacionarnos, trabajamos con más tesón que en ninguna otra misión para lograr construir vínculos con aquellos que nos rodean. Empleamos la mayor parte de nuestro tiempo en tratar de comprender y gestionar nuestras dependencias personales y profesionales, tejemos la trama relacional familiar con todo lo que hacemos, con nuestro lenguaje, gestos, miradas, acciones, emociones. Tenemos en ello la mayor fuente de satisfacción y también de dolor. Construimos relaciones, las rompemos, las recomponemos, las fortalecemos, las cuidamos o descuidamos; estamos permanentemente reubicándonos en lo relacional, consciente o inconscientemente. Lo mismo les ocurre a las organizaciones. Las dinámicas internas de relación activan, demoran, frenan o aceleran su funcionamiento, permitiendo o impidiendo que se logran los objetivos planteados. Cuando una organización tiene un punto de bloqueo, alguien pronuncia la frase mágica: “tenemos un problema de comunicación”.  Sin embargo, vestimos de comunicación lo que casi invariablemente es un problema de relación entre personas y/o departamentos. En la vertiente externa, no son muchas las organizaciones que se han preocupado por identificar, priorizar, conocer y escuchar a sus grupos de interés. Esta es una de las grandes paradojas empresariales: se diseñan y gestan políticas y acciones para cautivar y fidelizar a determinados colectivos, pero no se les consulta ni se les implica, perdiendo así la oportunidad de asegurar el sentido y la eficacia de lo que se lleva a cabo. Aún hay un cierto egoísmo corporativo en lo que se refiere a la gestión de grupos de interés o stakeholders, primando el interés de la organización frente a la posibilidad de conciliar posturas, y estar sinceramente abierto a lo que pueda plantearse desde fuera de la empresa. Las relaciones con los grupos de interés solo pueden abodarse desde la humildad, la valentía, y la confianza, y esto aún les cuesta a las organizaciones.  Todavía se piensa en muchas empresas que dentro lo tenemos todo, lo sabemos todo, y lo podemos todo. Los valores, segundo ámbito al que aludía al comienzo, son fáciles de nombrar y comunicar. Hablamos de la crisis económica mundial que no ha sido económica, sino de valores. Usamos conceptos como confianza, sostenibilidad o innovación, hasta gastarlos y vaciarlos de significado. Exhibimos, tanto las personas como las organizaciones, los valores que nos diferencian; sale barato hablar de respeto, de libertad, de transparencia. Pero detrás de las palabras están los miedos, las miserias y las incoherencias. Cada día también en esta cuestión pasamos tiempo, y no lo vemos. Nos quedamos, muchas veces, en la zona cómoda, la del debate. Cuando en realidad, los valores, sino te cuestan algo, no son nada. Si son reales, entonces encontrarás, como persona y como organización, que se traducen en determinadas renuncias. Y… ¿qué tiene que ver una cosa con otra? La gestión consciente de lo relacional está guiada y ordenada por nuestros valores, aunque en un plano no consciente. Es desde los valores que establecemos los límites, y con ello protegemos nuestras relaciones, evitando que lleguen a entrar en zonas oscuras donde todo vale o donde se invade, se pone en riesgo, o se abandona una relación.  Las personas que son capaces de construir relaciones de confianza, transparentes, honestas, han logrado hacer de la confianza, la transparencia y la honestidad una forma de relacionarse, y han tomado la decisión, desde esos valores, de hacer determinadas cosas, y renunciar a otras. Las organizaciones que declaran sus valores en sus páginas web y documentación corporativa y gestionan las relaciones con sus grupos de interés desde otros valores diferentes, no logran construir un modelo relacional sostenible ni creíble en el tiempo. Y nuestra sociedad se lo permite más que a las personas. Cuando una organización escoge sus valores, debería también hacer la reflexión acerca de si está preparada para relacionarse desde ellos, comprendiendo las consecuencias prácticas que tiene, respecto de sus diferentes grupos de interés, ser (por ejemplo) transparente, innovador, ágil, íntegro, o inclusivo. Conviene además que analice si relacionarse de esa manera le permitirá alcanzar sus objetivos, ya que con determinados valores y comportamientos no se pueden lograr determinadas cosas, al menos no fácilmente o por el camino más rápido. Progresando en esta línea, una organización, como una persona, haría bien en analizar a priori las renuncias a las que le llevarían sus valores, para abordar su modelo relacional con esta consideración, y no entrar en territorios de negociación con sus grupos de interés en los que los valores puedan verse dañados. Dicho de una manera más gráfica, es útil conocer de antemano cuál es el presupuesto de incoherencia que estamos dispuestos a asumir para construir o fidelizar una relación. Desde esta consideración, que no deja de ser una visión personal, los valores son la esencia de la configuración relacional, y lo relacional es la manifestación externa y concreta de nuestros valores. Los valores no son más que conceptos vacíos si no se traducen en límites, y sin límites las relaciones no son sanas ni pueden sobrevivir. Comprenderlo es proteger y afianzar el entorno personal, y organizacional.
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El ser humano es único e imparable cuando decide autodestruirse. Podemos llegar a tener una constancia y un tesón en ello que jamás tenemos para lograr otras metas. Cierto es que la autodestrucción no suele ser consciente, y que resulta mucho más visible (o solamente visible) para los otros. Si nos paramos un poco y miramos dentro de nosotros mismos, muchas veces descubrimos con asombro que estamos trabajando como locos para proteger determinadas cosas que en nuestra vida son importantes, muy importantes. Unos dicen: para mí la salud, es lo que más quiero proteger, porque sin salud no tienes nada… Otros dicen: la familia, sin duda mi familia es lo esencial, porque si no tienes a los tuyos, para qué sirve estar sano. Otros saben con certeza adquirida por experiencias vitales, que lo que necesitan conservar para estar en paz, son sus principios, su dignidad, su libertad, su independencia, o algún otro concepto de altura y profundidad. A esto no se llega gratuita ni fácilmente, sino atravesando situaciones que nos hacen reflexionar, incluso viviendo situaciones en las que ha visto el riesgo de perder alguno de esos valores. Hay que tocar fondo para poder volver a subir. Y después están quienes, y estos no suelen decirlo, se afanan en conservar sus ingresos, su tren de vida, su ego, su visibilidad social asociada al tener… Los que están ahí, suelen despertar cuando pierden alguna otra cosa o simplemente la ven amenazada: ejecutivos que son cesados de la noche a la mañana, o que ven como su pareja les deja, o que viven un accidente de tráfico propio o familiar que lleva a recolocar todo como cuando cambia la información en las pantallas de un aeropuerto, desparecen ciertos destinos que estaban arriba, aparecen otros nuevos que no estaban, y otros de pronto están cancelados o retrasados. Cualquiera que sea el eje de conservación que hemos elegido, lo fascinante es observar cómo podemos pasar la vida esforzándonos por conservar algo que, con nuestras acciones diarias, estamos destruyendo, en un bucle lento y constante.  Como el escorpión, que cuando se siente amenazado se pica a sí mismo para suicidarse. Así, un magnífico profesional del mundo académico, un tipo sabio al que todos consultan y refieren, consume sus días leyendo sin descanso, acudiendo a todo tipo de foros y seminarios, devorando las últimas novedades publicadas para no desactualizarse, y elaborando largas listas de tareas pendientes para no olvidar ninguna fuente de información ni pasar por alto ningún dato.  En esta carrera, descubre un día que sus correos electrónicos están sin contestar, que hay personas que le han pedido cita hace meses y a las que no ha contestado, que acumula una larga lista de llamadas sin devolver… Entre las personas a las que ha dejado sin atender, están sus propios alumnos, los académicos de prestigio internacional, los grandes empresarios y hasta el que fuera su editor reclamando la entrega de publicaciones pendientes. Diríamos que: en mi afán por conservar mi buena reputación, la estoy perdiendo día a día… de manera constante e inconsciente… Un ejecutivo o ejecutiva de empresa con una gran responsabilidad pasa quince horas al día trabajando, y quince días al mes fuera de casa. En su discurso diario, él presenta a su familia como su eje vital y emocional: ellos son lo más importante para mí, todo lo que hago lo hago por ellos, si no tuviera familia, nada tendría sentido, ellos son mi razón de vivir, si trabajo de esta forma es por ellos, a mí el dinero no me importa (esta es la frase que más claramente muestra lo mucho que les importa el dinero). En su discurso hay una realidad, y en su casa hay una persona que tiene a sus hijos desconcertados (en el mejor de los casos), a su pareja invisibilizada, a sus padres olvidados, y, en definitiva, a todos aquellos a quienes pretende proteger, recibiendo las consecuencias de su “protección”.  Se resumiría así: me importa tanto mi familia que no tengo un minuto para ellos. Hay un tipo de autodestrucción muy común que tiene que ver con la salud, fácil de reconocer. Los mismos o muy parecidos miedos que llevan a las personas a un extremo, pueden llevarles al otro. La gente muere por enfermedades derivadas de la obesidad y el sedentarismo, y también mueren haciendo deporte de forma temeraria. Unos y otros, en sus acciones, persiguen un objetivo relacionado con la conservación de la salud. Si, incluso las personas que aparentemente atentan contra su salud, buscan conservar su estado actual de salud, su disfrute con la comida y la bebida, pues no están dispuestos a hacer el sacrificio que eso les implicaría, y probablemente no creen en la recompensa que -supuestamente- obtendrían. El argumento de autodefensa sería: prefiero estar así, como estoy, que como se supone que estaría si dejara de hacer lo que hago, esto es conocido y real, y lo otro no sé, quizá sea mejor, quizá no, así que no merece la pena el esfuerzo. Las organizaciones también tienen sus bucles de autodestrucción. Al querer conservar sus ingresos, emprenden acciones destructivas hacia sus empleados, estrujan a sus proveedores, descuidan la calidad y entran en una espiral que puede conducir a la pérdida del talento, la desatención e insatisfacción del cliente, y la toxicidad relacional del sálvese quien pueda. O quieren conservar a cualquier precio a sus clientes, y en el camino ignoran la calidad, o ignoran a las personas, lo que les lleva a perder clientes. Dicho de manera breve sería matar a la empresa intentando protegerla. Es significativo el caso de las ONGs. Aquí, lo que suele vigilarse y en principio prevalece sobre muchas otras cosas son los valores e ideales que se han elegido. En función de la causa que defienden, las organizaciones sociales establecen líneas rojas a sus potenciales socios o donantes. Es este un ejercicio necesario, pero requiere de una importante reflexión, pues existe un riesgo real de que los límites para la protección de los principios, sean excesivamente rígidos y no permitan entrar a casi nadie; de esta forma se limitan los recursos que entran en la organización y con ello la posibilidad de contribuir a la causa. La actitud sería: la defensa de nuestra causa es tan firme, que no abrimos la puerta a nadie que no la comparta. La respuesta está en el equilibrio. O al menos en la búsqueda del equilibrio. Y encontrar el equilibrio pasa por tomar conciencia de lo que estamos haciendo, comprender por qué lo hacemos y sobre todo para qué, con qué sentido. Es posible que después decidamos seguir en el mismo lugar, pero lo importante es hacerlo de manera consciente y saber que se está ahí, en esa lucha por conservar que sea que uno quiera conservar.
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Veo y escucho en televisión que una menor, de 16 años, ha sido violada en Rio de Janeiro por 33 hombres. Primero no lo puedo creer, después me da asco, después me imagino la vida impune de los 33 y la no-vida en adelante de esta niña-mujer. No hay límites, de ninguna clase.

Escucho también como una madre ha vendido su riñón para pagar las medicinas de su hijo enfermo. Y pienso cómo, de manera absurda, elige conservar algo, aunque ponga en riesgo lo esencial. Y se desdibujan los límites.

Trabajo con una organización donde, por distintas razones, la impunidad alcanza niveles desconocidos. Su máximo líder me pregunta: ¿qué puedo hacer?. Cualquier cosa que imponga límites, cualquier cosa excepto no hacer nada, resignarse. Eso nunca. Poner límites, aunque sean pequeños, aunque sean sutiles, dibújalos…

Leo en la prensa de ayer domingo que el amo de la pornografía en España organizaba sesiones en las que una chica hacia 100 felaciones por 450 euros. Cierro el periódico. No puedo seguir leyendo. ¿Qué demonios pasa? ¿De dónde salen estas chicas, estos clientes…?

Intento encontrar razones. El dinero aparece entre las primeras. El dinero a pequeña escala, a escala necesidad, a escala miedo, a escala ambición, y luego a escala poder y mega-ego. Ya se ha dicho e incluso se ha cantado de manera inmejorable “money makes the world go round”.

Al lado de algunos sucesos así, parece que hasta el desorden político, los pseudolíderes desnortados, la ausencia de gobierno y de gobernanza en el país, y los valores convertidos en armas nucleares light, son debates menores. Y si eso no es un asunto relevante, difícil será que lo sean la ética, los valores, o las personas.
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Esther Trujillo, del Consejo Ejecutivo del IR, nos recomienda esta lectura de José Manuel Velasco

La vulnerabilidad es inherente a la condición humana. Incluso aquellos que se sienten invulnerables acreditan su vulnerabilidad mediante la osadía de su ignorancia, prueba de una personalidad soberbia que les debilita como personas.

Errar, ceder a las tentaciones, discutir con la autoestima y, sobre todo, buscar la ayuda del otro muestran que el ser es vulnerable, falible, impredecible y no solo está sometido a los riesgos que son consustanciales a la difícil convivencia entre el egoísmo de la supervivencia del individuo y sus necesidades de relación social. Un territorio de conflicto moral que constituye el espacio más estratégico de la comunicación. Que el ser humano busque la perfección es un principio filosófico que está en permanente contraste con la natural tendencia a la imperfección. Aristóteles consideraba que lo perfecto es “lo que contiene en sí todo, y fuera de lo que no hay nada, ni una sola parte“. Sin embargo, las diferencias que establece el ADN de cada persona son la mejor expresión de una naturaleza imperfecta que precisamente nos convierte en humanos y nos obliga a solicitar la ayuda de los demás.

Las teorías del management en torno al liderazgo siempre reservan un espacio para virtudes y habilidades que están en relación con el yo social que debe contener el yo individual cuyo objetivo es la maximización del beneficio, incluido el propio, a menudo sobre todo el propio. Sin embargo, la práctica ha caminado por otras vías. Animados por el exceso de imperfecciones, los portavoces (elegidos o erigidos) de una sociedad hastiada de tanto error voluntario reclaman líderes impolutos, impecables, casi infalibles.

Mientras tales portavoces piden expresiones de perdón, siempre de los otros, jamás de los suyos, la comunidad quiere justicia. Los ciudadanos no vindican líderes sin mácula, sino personas que sean capaces de tomar decisiones en nombre y a favor de la mayoría. Esa es la esencia de la democracia representativa, que no está en cuestión por el pensamiento que sustenta sus bases, sino por las conductas inoperantes, aquellas que hacen que no te sientas representado. La injusticia de muchas decisiones estimula la petición de castigo para las conductas inapropiadas. Se busca la reparación más que la redención.

Una prueba evidente de que una gran mayoría social no reclama representantes perfectos son los resultados del capítulo que el Barómetro de la Confianza de Edelman dedica al liderazgo. De acuerdo con esta investigación de carácter anual, los portavoces más creíbles son los académicos (70%), los expertos técnicos y “las personas como tú mismo”. El avance de la referencia a personas que están cómodas en la media indica que la sociedad está reclamando un esfuerzo de humildad, autenticidad y conexión emocional.

El principal problema de tal planteamiento es que a menudo el “tú mismo” es realmente un yo excluyente. La diversidad debe ser abordada con la aceptación de que hay tantos “tú mismo” como seres humanos, independientemente de su raza, creencias, sexo y condición.

Entronca de nuevo aquí el concepto de vulnerabilidad, muy utilizado en la ética del desarrollo. Resulta curioso que una sociedad que es y se siente vulnerable utilice principalmente el adjetivo para calificar a grupos que están en riesgo de exclusión social y, en consecuencia, deben ser objetivo prioritario de la atención colectiva. Ello es así porque hasta el estallido de la crisis económica, fruto de una enorme devastación moral, realmente las sociedades de los países desarrollados llegaron a creer en su invulnerabilidad por su aparente alto grado de control sobre su entorno físico, económico y emocional. La sociedad necesita líderes que admitan abiertamente su vulnerabilidad, la asuman como un hecho que les iguala con sus representados, seguidores o dependientes. Solo asumiendo el riesgo de enfermedad se puede fortalecer la salud mental mediante la educación de la resiliencia. De las debilidades se puede transitar entonces hacia el aprendizaje de las fortalezas, en expresión del filósofo José Antonio Marina. Gestores colectivos que estén más pendientes de sus errores, para aprender de ellos, que de los de los demás. Personas que dediquen más tiempo a cultivar su personalidad que a interpretar al personaje que les corresponde en cada momento. Seres capaces de mostrar sus emociones sin temor a que sean interpretadas como un síntoma de debilidad. Ciudadanos educados en la diversidad, la generosidad, la justicia y la igualdad.

La comunicación es una función fundamental para edificar liderazgos más humanos, impulsados por el sentir común a partir del reconocimiento de la diferencia y la diversidad. La comunicación impulsa la gestión de espacios para el diálogo, la capacidad para sintonizar preguntas y respuestas, el desarrollo de la escucha empática, la provisión de feedback y la identificación de objetivos asumidos por la mayoría. Para que la sociedad vuelva a confiar en sus representantes y entonces les atribuya un liderazgo auténtico es imprescindible que compartan su vulnerabilidad, de tal forma que el error se perdone y el perdón no sea una mera artimaña de los pecadores sociales para perdonarse a sí mismos. Solo entonces la injusticia será juzgada en el espacio competencial que realmente le corresponde (la administración de Justicia) y representantes y representados se sentirán solidaria y divinamente vulnerables en su humana imperfección
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Puedes tener defectos, estar ansioso y vivir irritado algunas veces,
pero no te olvides que tu vida, es la mayor empresa del mundo.
Sólo tú puedes evitar que ella vaya en decadencia.
Hay muchos que te aprecian, admiran y te quieren.

Me gustaría que recordaras que ser feliz, no es tener un cielo sin tempestades, camino sin accidentes, trabajos sin cansancio, relaciones sin decepciones.

Ser feliz es encontrar fuerza en el perdón, esperanza en las batallas, seguridad en el palco del miedo, amor en los desencuentros.
Ser feliz no es sólo valorizar la sonrisa, sino también reflexionar sobre la tristeza.

No es apenas conmemorar el éxito, sino aprender lecciones en los fracasos.
No es apenas tener alegría con los aplausos, sino tener alegría en el anonimato.
Ser feliz es reconocer que vale la pena vivir la vida, a pesar de todos los desafíos,
incomprensiones, y períodos de crisis.

Ser feliz no es una fatalidad del destino, sino una conquista para quien sabe viajar para adentro de su propio ser. Ser Feliz es dejar de ser víctima de los problemas y volverse actor de la propia historia.

Es atravesar desiertos fuera de si, mas ser capaz de encontrar un oasis en lo recóndito de nuestra alma.
Es agradecer a Dios cada mañana por el milagro de la vida.

Ser feliz es no tener miedo de los propios sentimientos.
Es saber hablar de si mismo.
Es tener coraje para oír un “no”.
Es tener seguridad para recibir una crítica, aunque sea injusta.
Es besar a los hijos, mimar a los padres, tener momentos poéticos con los amigos, aunque ellos nos hieran.
Ser feliz es dejar vivir a la criatura libre, alegre y simple, que vive dentro de cada uno de nosotros.
Es tener madurez para decir ‘me equivoqué’.
Es tener la osadía para decir ‘perdóname’.
Es tener sensibilidad para expresar ‘te necesito’.
Es tener capacidad de decir ‘te amo’.

Que tu vida se vuelva un jardín de oportunidades para ser feliz…
Que en tus primaveras seas amante de la alegría.
Que en tus inviernos seas amigo de la sabiduría.
Y que cuando te equivoques en el camino, comiences todo de nuevo.

Pues así serás más apasionado por la vida.
Y descubrirás que ser feliz no es tener una vida perfecta.
Sino usar las lágrimas para regar la tolerancia.

Usar las pérdidas para refinar la paciencia.
Usar las fallas para esculpir la serenidad.
Usar el dolor para lapidar el placer.
Usar los obstáculos para abrir las ventanas de la inteligencia.

Jamás desistas….
Jamás desistas de las personas que amas.
Jamás desistas de ser feliz, pues la Vida es un espectáculo imperdible!!»

Jose Mario Bergoglio Sivori – Papa Francisco
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