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Por Teresa Terrades. Publicado en El Diario de la Educación el 2 de mayo de 2017. El bullying marca. Marca si eres la víctima. Marca si eres el acosador y tienes conciencia de serlo. La toma de conciencia del agresor puede tardar en llegar o puede que no llegue nunca. En la mayoría de los casos, llega. El bullying puede tener diferentes grados de intensidad y de duración en el tiempo, pero siempre se caracteriza por la fuerte huella emocional que deja a sus protagonistas. Después de haber acompañado varios casos en mi labor profesional, he visto que víctima y acosador son la cara y la cruz de un mismo fenómeno que se relaciona con la invisibilidad y el reconocimiento humanos. Me explico. Para construir nuestros vínculos necesitamos ser vistos. Tenemos conciencia de que existimos cuando nos sabemos vistos. Si no nos ven, no podemos establecer vínculos y esto compromete nuestra supervivencia. Esta es una condición humana inapelable. La persona acosada siente peligrar su integridad, su identidad, su existencia, porque mientras es acosada no puede establecer con normalidad sus vínculos. Esto la hace dudar de su valía personal, pierde la confianza en sí misma y se termina culpabilizando de lo que le pasa. Piensa que algo no está haciendo bien y tiende a buscar el reconocimiento de los demás haciendo ofrecimientos por encima de sus posibilidades, olvidando sus propias necesidades. El agresor también busca ser visto por los demás. En este caso, deduce que el reconocimiento dentro del grupo obtiene ejerciendo relaciones abusivas. Es una deducción que no viene de la nada. A menudo es fruto de un autoconcepto muy bajo o de un modelo aprendido de establecer relaciones. Sin agredir se siente invisible, siente que no tiene lugar dentro del grupo, siente que no puede establecer vínculos. El acoso le confiere poder y estatus, en un sentido de pertenencia mal entendido. Acabar con el bullying va de reconocer a los otros como legítimos otros. Humberto Maturana dice que el futuro de la humanidad no son los niños sino los grandes, porque los niños y jóvenes se van transformando con nosotros, con los adultos con quienes conviven. Acabar con el bullying también, pues, depende de la implicación del mundo adulto. Que los adultos sepamos observar cómo se establecen las relaciones entre iguales y abrir espacios donde sea posible la expresión de las emociones que aquellas provocan en uno mismo y en los demás. Va de dar visibilidad a cada persona que forma parte de un grupo o aula para prevenir futuras situaciones de acoso. Igualmente tiene un gran poder preventivo fomentar relaciones de mentoría entre iguales de manera que los chicos y chicas mayores sean referentes y apoyo de los más pequeños. En estos encuentros se pueden detectar casos de acoso en estadios muy iniciales, situaciones de riesgo que siempre se pueden resolver mejor que cuando ya se han cronificado. Padres y maestros tenemos que hacer prevención y detección de las situaciones de bullying. Y eso nos pide sintonizar en una misma frecuencia de ondas aunque tengamos roles diferentes. Los padres tendemos a evaluar mejor el estado emocional del hijo. Tenemos una visión individualizada del hecho. Los maestros tendemos a ver mejor las habilidades relacionales de los chicos y chicas en el aula. Hay una mirada más colectiva. Tanto unos como otros tenemos visiones parciales y necesitamos la mirada global del sistema de relaciones implicado. El abordaje de la situación debe contemplar el acompañamiento y apoyo tanto a la víctima como al acosador. Y la reparación vendrá a través de dar un nuevo reconocimiento a unos y otros. A la persona acosada la reconocemos cuando le mostramos que nos damos cuenta de lo que le está pasando y le apoyamos. Cuando siente que escuchamos sus necesidades y puede pedir que le hace falta. La víctima debe volver a convencerse de que tiene un espacio dentro de su sistema de relaciones y que, como persona de valor, tiene derecho a existir y ser vista. Las personas que han sufrido bullying son especialmente sensibles al sufrimiento de los demás y tienen una capacidad de empatía mayor que el resto. Dan un sentido a lo que han vivido apoyando a los que ven en situaciones similares a las suyas. Suelen afirmar que la experiencia les ha hecho madurar muy rápido. Al acosador le falta un reconocimiento en forma de límites. Desde las normas y los límites aprendemos el sentido de pertenencia y hacemos propios los valores que van asociados. Estos límites permiten redirigir la fuerza de los acosadores hacia nuevas formas de actuar. Deben comprobar que es mejor la experiencia de la gratitud y la empatía que la del abuso. Deben experimentar que pueden ser útiles a los demás a través de sus actos. Que esto les dará una nueva visibilidad dentro del grupo. Los habrá que darse cuenta pero, del error cometido. Este es un paso difícil porque el sentimiento de vergüenza interno es grande. Una vergüenza que necesita el perdón de las víctimas y de él mismo. En estos procesos de reparación necesitamos asumir que el conflicto es inherente a nuestra condición humana. Pero le podemos dar un sentido diferente. El conflicto pone en evidencia nuestros miedos, lo que tememos perder pero a la vez puede hacernos avanzar desde lo que tenemos en común y desde el compromiso a hacer de lo común, unas acción de futuro diferentes. Los adultos tenemos que hacer posible acompañar a víctimas y agresores, sin embargo nos confronta con nosotros mismos y con nuestros miedos. Por todo ello, también necesitamos acompañamiento. Debemos tener nuestros espacios de encuentro y reconocimiento en los que podamos expresarnos, hacer evidentes nuestras discrepancias, nuestros conflictos y escuchar desde la voluntad de hacer emerger nuevas respuestas al sufrimiento y malestar de nuestros jóvenes, causa principal de las situaciones de bullying. El bullying marca pero no es un tatuaje. Los tatuajes no se borran. El bullying, como todas las heridas que se curan, deja cicatrices y marcas. Más allá del bullying, este es memoria, no es realidad. Hay vida, a menudo más fuerte, a menudo más valiente, a menudo más solidaria, cuando se acaba el bullying.
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Teresa Terrades comparte con nuestros lectores el link a una interesante conversación entre Humberto Maturana y el periodista Alejandro Jara, publicada en la sección «Culto», del diario chileno «La Tercera» este mismo mes de marzo. El artículo, encabezado por la declaración de Maturana de que «El futuro de la humanidad no son los niños, son los mayores», habla de la importancia de que los niños crezcan en un espacio que acoja, escuche, se diga la verdad y donde sus preguntas sean contestadas. “Sólo así se transformará en una persona reflexiva, seria y responsable”, asegura el autor. Frases como “Amar educa. Si creamos un espacio que acoge, que escucha, en el cual decimos la verdad y contestamos las preguntas, nos damos tiempo para estar allí con el niño o niña, ese niño se transformará en una persona reflexiva, seria, responsable que va a escoger desde sí”, son auténticas declaraciones de intenciones con las que el Instituto Relacional está plenamente de acuerdo. La lectura completa del artículo puede encontrarse en este link. La foto de cabecera es obra de Fundación PROhumana, en régimen de Creative Commons y tiene este origen: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Encuentro_en_Chile.jpg
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Teresa Terrades, profesora de secundaria, coach educativa y miembro del Consejo Profesional del Instituto Relacional, ha publicado un interesante artículo en la publicación especializada Diari d’Educació. En él, reflexiona sobre la importancia del vínculo en el hecho educativo. Originalmente en catalán, el artículo se encuentra disponible en esta dirección web. En esta entrada, y con permiso de la autora, nos permitimos reproducir algunos de los principales pasajes. Robert Waldinger, psiquiatra y médico de la Universidad de Harvard, ha dirigido junto a tres de sus antecesores un estudio sobre los factores que contribuyen a mantenernos sanos y felices a lo largo de nuestra vida. El estudio ha durado más de 75 años y ha seguido a casi 800 personas. La conclusión no puede ser más contundente: las buenas relaciones marcan la diferencia entre las personas que tienen buena calidad de vida y las que no. Contrariamente, la solitud y el aislamiento comportan un deterioro más rápido de nuestro cerebro y una salud más precaria. Este hecho, que el estudio pone en evidencia, tiene mucho que ver con nuestra condición de mamíferos, según la cual, necesitamos del vínculo para sobrevivir. Al nacer, los humanos todavía no tenemos terminadas las conexiones neuronales. El cerebro humano se completa relacionalmente y nuestra manera de sentir depende de las conexiones que se han establecido en el cerebro mediante el vínculo. Así, la alegría es la experiencia de estar vinculado y la tristeza es la pérdida de vinculación. Nuestro sistema emocional se estructura a partir de aquí. Nuestros cuidadores, al darnos esta posibilidad, nos están reconociendo también nuestra existencia. El reconocimiento es capital para saber que estamos ahí. Nos da sentido de identidad y de valía personal. Quien no se vincula, no se siente visto. Y sin sentirnos vistos no sabemos que existimos. Parece inapelable nuestra condición de seres relacionales. No es extraño, por lo tanto, que la calidad de nuestras relaciones sea tan determinante para nuestro bienestar. Si los vínculos hacen de nuestra existencia una valiosa experiencia, ¿cuál es su relevancia en el proceso de aprendizaje? Todos nacemos con el instinto de aprender, nos jugamos en ello la supervivencia, tal y como dice David Bueno en su último libro “Neurociencia para educadores”. Sabemos que aprender es transformar la información en conocimiento significativo a través de la experiencia. Una experiencia que puede tomar muchas formas. Pero cualquiera de ellas pasa por una relación, un vínculo. Observémoslo: podemos asumir el proceso de aprendizaje cuando gozamos de bienestar psicológico, es decir, cuando sentimos en equilibrio el contexto relacional en el que nos movemos. Los adultos nos enseñan cómo sentir y evaluar las cosas que vivimos a lo largo de la vida porque estamos diseñados para aprender más de los otros que de nosotros mismos. Aprendemos más de los demás que de nuestra propia experiencia. Ramón Riera, en su libro “Conexión emocional”, afirma que necesitamos la validación de lo que hacemos por parte de las personas significativas que nos rodean. Si no, el sentimiento que tenemos de nosotros mismos pierde cohesión. En cualquier aprendizaje, lo que el cerebro percibe como de máxima utilidad es el reconocimiento social. Y nos hacemos refractarios ante aquellas actividades que detectamos que pueden hacer que lo perdamos. Necesitamos aprender, por lo tanto, a través de vínculos seguros, de vínculos que nos siguen acompañando cuando fallamos, que nos siguen reconociendo. El aprendizaje a partir de la experiencia del otro, ya sea un maestro, o un padre, o un adulto de referencia, permite un progreso mucho más rápido que si lo hacemos a solas, y encaja mejor con las necesidades del momento concreto en que se produce. De hecho, los niños y los jóvenes dedican tiempo a buscar la atención conjunta con sus adultos, a diferencia de otros seres vivos, porque somos los seres más dotados para la conexión intersubjetiva. Tenemos una capacidad específica para compartir estados subjetivos, es decir, para conectarnos emocionalmente y ello nos permite actuar juntos, pero, sobre todo, colaborar juntos. Al compartir en el aula, los aprendices ven desplegar las fortalezas del maestro a través de las actividades que realizan unidos y entienden que ellos también podrán hacerlas. Esto les ayuda a conocer sus propias capacidades. La conexión emocional hace posible, también, compartir los estados intencionales entre docentes y alumnos (o entre padres e hijos). Esto es, compartir juntos la intención de que el niño progrese. Este estado proporciona acceso al lenguaje, inicialmente, y a la cultura, después, y refuerza la convicción de quien aprende del valor de aprender. ¡El aprendizaje que se produce en estos términos multiplica y multiplica las conexiones neuronales tanto de los alumnos como de sus maestros! Todo nos lleva a pensar, por tanto, que la idiosincrasia de nuestra especie es profundamente relacional y que la experiencia del aprendizaje se fundamenta precisamente por esta característica. Porque cuando la experiencia del saber no se vive a través de los demás, no la recibimos como un aprendizaje de valor. Esta experiencia del aprendizaje es significativa sobre todo cuando se vive desde la alegría, no desde el miedo o la pérdida, que nos bloquean. Aprender de manera significativa es dignificar nuestras vidas. Robert Waldinger nos expresa, por medio de su estudio, una realidad que es obvia y que, a pesar de todo, olvidamos a menudo, centrados como estamos en los objetivos y los resultados. Una realidad que cuando la trasladamos al campo educativo no solo es obvia, sino que, además, es nuclear para lograr el mejor aprendizaje que nos procure una supervivencia mejor. Y lo hacemos mejor cuando lo hacemos juntos. El factor relacional de la educación debería condicionar especialmente las aulas en las que nos formamos los docentes de este país y las aulas de todos los centros educativos.
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Quan va començar la crisi, ells tenien uns deu anys o potser menys. Feien vacances cada estiu en boniques cases rurals o bé s’escapaven amb els pares a conèixer altres països. Es van acostumar a tenir , amb facilitat, roba de marca i ginys tecnològics d’última generació. Al sortir de l’escola anaven a diverses activitats extraescolars durant la setmana i era freqüent fer algun àpat al restaurant durant el cap de setmana. En funció de les preferències molts d’ells tenien mascotes al jardí casa perquè vivien amb cases hipotecades però amb jardí.

Podien anar a escoles concertades o públiques, una qüestió que depenia més de la postura ideològica dels pares que no pas de la seva butxaca. Perquè els pares han estat persones implicades de manera esforçada i compromesa amb tot allò que ha rodejat la seva infantesa. Tant , que de vegades fins i tot s’han oblidat d’oblidar-los , s’han oblidat d’ells mateixos per tal de fer dels seus fills el seu millor reflex, tant que fins i tot s’han oblidat de deixar-los caure o de deixar-los equivocar o d’ensenyar-los a anar a comprar el pa.

Aquests nois i noies fills de la classe mitjana dels feliços anys dos-mil, han estat els primers a conviure amb aules plenament multiculturals i han contrastat com cap altra generació, els estereotips culturals d’uns i altres. Ells ens han ensenyat com n’eren de pesants les etiquetes i com ens ha costat de gestionar-les, en determinats moments, als més grans.

Els nois i noies dels feliços anys dos mil són la generació C. La generació C de contrast, la generació que el món adult ha infantilitzat més del compte resolent tots els seus petits entrebancs, no deixant-los lloc a viure la frustració i a aprendre a ser resilients, la generació que de cop s’ha trobat amb un cop de porta als morros quan la festa s’ha acabat. Ara que ja tenen uns disset anys, molts d’aquests joves han vist perdre la feina als seus pares, alguns han vist perdre la casa amb jardí i a haver-se de desfer de la seva mascota perquè a la casa dels avis que els acull, no hi ha lloc. Alguns han vist com tot aquell món protegit en el que vivien s’ha esfondrat sota els seus peus. I els demanem que ho entenguin i que s’adaptin a la nova situació perquè havíem viscut per sobre de les nostres possibilitats.

Els joves de la generació C, van a aules el doble de plenes pel que van estar ideades, reben informacions i coneixements sovint molt allunyats de la seva realitat i de les seves necessitats. Se senten molt pressionats a decidir sobre el seu futur i a no equivocar-se perquè si l’erren no tindran feina mai de mai.

Voldrien ser útils però no saben com. Molts d’ells no saben d’ideologies, ni de creences ni saben imaginar nous móns. Bé, saben i coneixen la teoria. A classe els ho han explicat, però mai ningú abans els ha ensenyat a imaginar noves possibilitats, noves utopies. La generació C del contrast haurà de treure’s la son de les orelles molt de pressa. Poques generacions ho hauran hagut de fer de manera tan brusca. Ells, que han estat la generació més ben cuidada de la nostra història. Entre el son i la vigília, alguns dels nostres nois i noies estan despertant amb el so d’un món angoixat pels trets dels qui mentrestant han aprofitat el temps i han creat una realitat paral.lela que promet tenir un lloc en el món, formar part d’una gran “família” i la felicitat eterna. Mentre uns dormien confortats per la dolça protecció, altres treballaven per esquerdar els ciments d’aquest món segur. I ara estem espantats, molt espantats per la fragilitat en la que hem inserit als joves de la Generació C. Potser algun d’ells, fins i tot escolti els cants de sirena i es deixi arrastrar per aquell món tan semblant al dels seus vídeojocs amb els que ha passat tantes hores i amb els que s’ha sentit tan acompanyat quan la solitud l’aclaparava.
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