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Primero fue Alan Kurdi. El niño sirio de tres años fue fotografiado sin vida en la orilla de una playa griega cuatro años atrás. La escena recorrió el mundo, mostrando la peor cara de la crisis migratoria en Europa. Mucho se dijo, poco se hizo. Ahora, es el retrato de Óscar Martínez y su hija Valeria el que nuevamente enrostra aquello que no queremos ver. Sus muertes no son un accidente ni un acto puntual en el tiempo, sino el síntoma de un problema general, sistémico, del que nosotros también formamos parte.

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1. Clarita

Tras un año de dolorosa enfermedad, el padre de Clara falleció. Durante aquel tiempo, Clara, de seis años, fue apartada de la familia y puesta a cargo de unos tíos. Su única hermana, de dieciséis años, se quedó en la casa al lado de la madre presenciando el derrumbe que se avecinaba.

La pequeña no recordaba que nadie le hubiera contado lo de la enfermedad de su padre. Solo aprendió a reconocer que la salud del padre mejoraba o empeoraba según lo fuerte o débil del volumen de la radio de la casa de los tíos. Cuando el padre empeoraba la radio sonaba muy bajita.

Un buen día, la madre de Clara se presentó en casa de los tíos para recogerla. Lo primero que le dijo fue “nunca más volverás a ver a tu padre. Se ha ido al cielo”. Ella no podía recordar ninguna emoción ante esa frase, solo un fuerte dolor y el deseo de reunirse con su papá, no importaba donde estuviera.

Clara apenas reconoció a su madre. Sumergida en un dolor profundo, dejó de existir como madre a los 36 años, para convertirse durante años en una viuda con profundo dolor y  en duelo prolongado, luchando para sacar a las hijas adelante.

Antes de fallecer, el padre dio dos últimos mandatos. A la hermana de Clara le dijo: “cuida de tu madre”. A la madre, le dijo: “vive”.

Clarita cumplió seis años el mismo día que comenzó a ir a colegio. Curso tras curso, mientras crecía e iba pasando de nivel, solía escuchar a sus profesores esgrimiendo el mismo discurso una y otra vez: “siempre está en las nubes”, “se ausenta”; “no está atenta”; “no es capaz de aprender nada”; “es inteligente, pero no quiere o no le gusta trabajar”; “no tiene iniciativa”; “su comportamiento es malísimo…”. A veces, y para mayor vergüenza, esos comentarios se los decían a su madre en su propia presencia.

Durante años Clarita rememoraba esas palabras y  su memoria emocional (implícita)

fue construyendo un relato inconsciente de su memoria relacional. Sentía que era “defectuosa” desde el inicio.

La percepción de sus limitaciones, la falta de atención, los despistes, la sensación de no ser capaz de ser eficaz, el sentimiento de desamparo, fueron generando una memoria (de nuevo implícita) de vergüenza de quien era.

Ya de mayor, cuando Clara asistió a terapia , no recordaba prácticamente nada de su paso por la escuela. A duras penas a una amiga, o la cara de tres profesores, o una escena concreta con una profesora de Dibujo y las facciones  de una monja “que siempre estaba en la portería”. Aquella religiosa, menuda, muy viejita, se puso ante Clarita un día en el que se retrasaron a la hora de ir a recogerla. La monjita la agarró de la mano y le dijo “no te preocupes hija, que yo estoy aquí”.

Pasados los años, Clara podía recordar hasta el olor de aquella.

Tras diez años en el colegio, la memoria explícita de clara solo recordaba algunas escenas. Sin embargo, su memoria implícita  –la memoria de la emociones, sensaciones y la activadora de los patrones de acción– construía un mapa emocional que sustentaría su manera de interpretar el mundo y de relacionarse con él.

Hasta el momento de la enfermedad de su padre, el conocimiento relacional implícito de Clara era de seguridad. Pero aquello se hizo añicos y le causó a Clara lo que hoy denominaríamos como “estado de shock traumático”.

2. El Reconocimiento de la Memoria Relacional implícita

Las experiencias y vivencias relacionales construyen nuestro mapa emocional. Los vínculos seguros son determinantes para nuestra supervivencia y evolución sana e integral como personas.

A través de las relaciones aprendemos las formas de enfrentarnos emocionalmente a la vida, a evaluar y a tomar decisiones. Estamos genéticamente diseñados para activar nuestras emociones mediante las relaciones.

La vivencia que tenemos de nosotros mismos depende enormemente de nuestras circunstancias, es decir, del contexto relacional que nos rodea. Las relaciones conforman nuestra identidad con la que construimos lo que podemos o no sentir y pensar y que determinan nuestros patrones de comportament.

3. Acompañar desde el Reconocimiento

Conocimiento, comprensión emocional y reconocimiento

Conocer

  • ¿En qué situación estaba el contexto familiar antes y después de la muerte del padre?
  • ¿Qué había pasado con los vínculos? ¿La familia tenia algún tipo de vinculo seguro de soporte?
  • ¿Qué legado había dejado el padre a la madre y a la hermana?
  • ¿Qué había pasado con Clarita durante el año de su alejamiento de la familia?, ¿Qué vivencias había tenido en esos momentos?
  • ¿Cómo se sustentaba el sistema familiar?
  • ¿Había podido Clarita despedirse de su padre?
  • ¿Cómo era la mirada y la respiración de esa niña?

Comprender   

Más allá del impacto de la muerte del padre, Clarita había perdido a su madre (el papel sostenedor de la madre) y a su hermana, la cual tuvo que poner su mirada en sostener, tanto como pudo, a la madre.

Todos los vínculos seguros que habían formado parte de su primera infancia habían desaparecido y ella sentía un desamparo profundo.

En una sesión, Clara me contaba que los sentimientos de “ser defectuosa” y la vergüenza profunda fueron apareciendo con el tiempo.

Con los años pudo percibir la impotencia de la madre ante los comentarios recurrentes de los profesores… “No hay nada que hacer con ella…” Esa era una música constante en su vida.

El estado de shock traumático de Clarita requeria la construcción de vínculos seguros, ser vista (ella, su contexto, sus vivencias), poder acompañarla a expresar y legitimar sus emociones y no solo en relación con el padre sino a su vivencia emocional fuera y dentro del colegio.

Comprender que su “estar en las nubes” era producto de un shock de todo el sistema y que solo el amor y las relaciones significativas podían paliar su dolor.

Reconocer

Devolverle la mejor imagen de ella misma, ayudarla a construir un relato que le permitiera tejer una memoria emocional implícita de amor y sustento.

Reconocer la necesidad de una relación segura, significativa, apreciativa de quien era y de cómo se sentía.

El reconocimiento no es solo un hecho valorativo, es algo que permite construir memorias relacionales que determinaran el ciclo vital de la persona.

Reflexión final

Los educadores tienen la maravillosa oportunidad de ser generadores de patrones de vínculos seguros y muchos de ellos se forman y trabajan desde esta comprensión profunda.

Reconocer como está construida la memoria de la experiencia relacional de cada uno de los alumnos es esencial para acompañarlos en su desarrollo vital como personas plenas.

Parece vital conocer, comprender y reconocer nuestra propia memoria relacional implícita y el impacto de esta tiene en nuestra vida, en nuestras formas relacionales y en las maneras de valorar las diferentes situaciones de la vida además del fuerte impacto en lo que denominamos patrones automáticos de comportamiento.

Este es uno de los principios básicos del Modelo de Transformación Relacional.

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Este fin de semana hemos iniciado una nueva Acreditación en el Modelo de Transformación Relacional del Instituto, liderada por Joan Quintana, en la que he tenido el placer y honor de participar.

Un grupo de ocho personas que han reconectado con su traza relacional y con algunos de los momentos vitales que la configuran.

Esto va de amor, decía una de esas ocho personas al poco de iniciar el programa.

No es el tiempo que compartimos con una persona, ni los días, meses o años. No es lo que tiene ni lo que es. Es, sencillamente lo que compartimos. Las emociones que nos hace sentir y como atraviesan nuestro corazón para siempre.

Son las sensaciones que nos recorren desde la piel hasta el alma, con tan sólo una mirada. Son las poderosas palabras que se quedan a vivir en la comisura de nuestra sonrisa. No es el tiempo lo que marca el cruce de algunas personas a lo largo de nuestra vida. Es el amor.

Vivimos en un mundo mágico pero no siempre nos damos cuenta. Poco importa si te cuentan que el destino es un lugar vacío y sin sentido, también es un desierto lleno de esperanza y aunque a veces esté cubierto de polvo, si te fijas bien y observas con los ojos del alma, verás como sobrevuelan tantas luces como estés dispuesto a sostener entre tus brazos.

Después suelta las riendas del corazón al aire y deja que siga tu viaje, al igual que cada una de las personas que con sus experiencias cruzarán tu vida, ellas deberán seguir el suyo. Que las historias que nos toca vivir sean a veces complejas y nos arrastren, no significa que no merezcan ser vividas. Da ese paso sin miedo y sigue adelante, no siempre es necesario y sano mirar atrás.

Respira y continúa el viaje porque lo mejor no es que esté venir, es que lo mejor está pasando.

Dicen que lo que está escrito para ti, tarde o temprano llega a tu vida. Hay personas que conocerás en forma de bendición o de lección, pero todas traen consigo un valioso regalo y por duro y difícil que parezca, cada experiencia que vivimos nos convierte en aquello que anhelamos ser. Es mejor tener una vida llena de equivocaciones, que un corazón lleno de arrepentimientos.

Elijas lo que elijas, escoge siempre el lado de la vida donde habita la alegría. Inténtalo tantas veces como sea necesario y si te equívocas, toma el tiempo que necesite tu corazón para entender, pero para entenderte a ti, no a los demás, porque en realidad jamás llegarás a conocerlos del todo. Y ellos, los demás, nunca serán responsables de tu propia felicidad o de los sueños y propósitos que deseas alcanzar.

Así que mejor vive tu vida y rodéate de personas que te amen y en vez de tapar con tiritas las heridas, mejor que sea el aire que las cure y las envuelva lo necesario para que la cicatriz te permita vivir feliz, aunque te recuerde que una vez, en algún lugar de tu vida, tuviste esa experiencia dolorosa.

Elijas lo que elijas, escoge siempre el lado donde estás tú. Incluso cuando te equivoques, seguirá siendo tu vida. No existen soles que te garanticen que no tendrás días nublados y algunos difíciles, pero siempre puedes encender tantas estrellas como sea necesario.

Deja lo mejor de ti en cada una de las personas que cruzan tu vida. Conoce mundo, pero sobre todo trata de reconocer el mundo interior de las personas que te brindan su tiempo, su amistad y su amor. Es lo más fascinante.

Por ello,

  • Te deseo que ames y que seas amado y te deseo que tengas siempre amigos en los que puedas confiar y que cuando sea necesario te cuestionen tus propias certezas.
  • Te deseo tolerancia ante tus errores y los errores de las otras personas que te rodean.
  • Te deseo que no corras, excepto cuando correr sea la única salida.
  • Te deseo que disfrutes tu madurez, sin olvidar nunca tu juventud y niñez.
  • Te deseo que agradezcas, que te abracen y abraces a otros, que rías, que llores y que lo vivas todo como si no hubiera un mañana.
  • Te deseo que te quedes siempre un minuto en las emociones, también en la pena o la tristeza, porqué así redescubrirás el valor de la alegría, la ternura o la pasión.
  • Te deseo que dediques tiempo a las personas que te necesitan, que busques espacios para conectar con la tierra, la lluvia y el sol para que descubras que la vida está en todas partes.
  • Te deseo abundancia y prosperidad.
  • Y te deseo, por encima de todas las cosas, mucha felicidad y Amor.

Muchas gracias a cada un@ de vosotr@s por querer compartir esos momentos tan especiales con nosotros.

¡Gracias por ser y estar, por permitirnos estar y un fuerte abrazo!

Gemma Segura Virella


 

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Ignacio Pavez. Miembro del equipo del IR Chile y PHD Case Western Reserve University – EEUU nos presenta dos articulos que son muy utiles para entender la importancia de saber construir buenas preguntas  y de entender las claves a considerar en un proceso de cambio y transformación.

 

¿Quiere potenciar su liderazgo? : Haga buenas preguntas

 

Ser y no ser : Las paradojas para manejar el cambio .

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Percibimos a los otros desde nuestra propia subjetividad, construida con el valor que damos a todo lo vivido y con lo que hemos incorporado de todo lo que hemos oído de nosotros.

Cuando hacemos una descripción del otro, no estamos definiendo al otro ni quien es, ni cómo es.

Narramos a los otros con lo que podemos ver desde nuestra propia mirada subjetiva.

Nuestra valoración, aunque no los describe, va a condicionar su manera de relacionarse con nosotros, con los otros, en el ahora y en un futuro.

Construyamos las relaciones mirando y viendo las potencialidades y fortalezas propias y del otro.

Reconozcamos las singularidades de los otros.

Legitimar la singularidad del otro es condición necesaria para construir un vínculo desde el reconocimiento.

Re-Conocer al otro, es dar valor a como es y lo que hace. Condición necesaria para cooperar y compartir caminos de convivencia.

Relacionémonos para que cada persona pueda ser, sin tener que someterse a nuestro propio relato sobre lo que se tiene que hacer y como se tiene que ser.

Démonos la oportunidad de ser Re-Conocidos sin tener que dejar de ser.

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Hace unas semanas estaba en la oficina de un cliente. Tenía la misión de que debatir o negociar con un directivo de la casa, un tipo que a priori no tenía buena disposición a colaborar desde su reinito corporativo en lo que “el proyecto” requería de su ámbito de gestión-poder-influencia. Conviene recordar que “el proyecto”, esto es, aquello que intentábamos sacar adelante mi cliente y yo, era un proyecto de la empresa, no una embajada particular o personal de un individuo concreto; no un interés personal sino común y -en principio- compartido. Conviene recordar también que, en estas situaciones, el asesor externo (a la sazón, yo misma), persigue un objetivo que es aquél para el que ha sido contratado; es decir, que no está una dando una batalla personal ni peleando por tener la razón. En aquella reunión, expusimos con concreción las actuaciones específicas que se requerían de su área para avanzar en el proyecto, qué acciones, qué decisiones debían implementarse en su pequeño feudo para poder avanzar en el proyecto, y eventualmente, cumplir el mandato de la dirección, y, más específicamente, del propietario de la empresa.  Había una lista de ocho acciones, del tipo: mandar una comunicación a todos los proveedores informando de…; o solicitar a los principales clientes que nos hagan llegar… ; o analizar el volumen económico de los compromisos comerciales de la empresa para identificar proveedores/clientes de alto riesgo y emprender (o no) determinadas acciones con ellos;…o estudiar la antigüedad de algunos de nuestros acuerdos de colaboración, que hoy en día están inactivos, para decidir si hay que renovar, rescindir o modificar esos acuerdos. Cosas así… Bien, tras la exposición repasó una por una todas las acciones, y con firmeza, añadió: “bueno, a ver, lo entiendo, eh?, pero…esto no se puede, esto tampoco, esto es imposible, esto ni pensarlo…No, no se pueden hacer, no, ninguna de ellas.” Pronunciaba esas frases mientras iba tachando de una lista las diferentes opciones. Explicamos que no eran simples ocurrencias, sino que eran acciones que había que hacer para cumplir el propósito marcado por los jefes/propietarios.  Y le invitamos a analizar juntos qué quería decir con su “no-se-puede”. Y es que esta reflexión es necesaria, no solo en este contexto, sino en todos los planos: personal, profesional, social, educacional, relacional, político… ¿Qué queremos decir, realmente, cuando decimos “no-se-puede”? Detrás del no-se-puede puede haber un “ufff-esto-es-políticamente-complicado”. Y es que supone un trabajo de diplomacia corporativa que a menudo produce rechazo y echa para atrás; sentarse con alguien que no nos gusta, tener conversaciones que no apetece tener, escuchar cosas que no queremos escuchar… También puede estar el miedo a los dineros; no-se-puede, entonces, es “nunca lo aprobarán, los gastos están contenidos, no se entenderá la inversión… “. Y claro, “yo quedaré expuesto o cuestionado por haberlo planteado”. Otras veces, no-se-puede tiene que ver con la pereza a entablar una batalla interna en la que sabemos que es difícil ganar, por tanto, ni lo intentamos… No-se-puede también significa que alguien no está dispuesto a exponerse o que su energía en ese momento está en otras historias. O tiene que ver con cuán reconocido se sienta alguien en la organización, o se refiere a historias del pasado que no dejaron buen sabor de boca. Y casi siempre, no-se-puede nos conecta con una emoción que, a según qué personas y por sus experiencias vitales, no les permite entrar en un campo determinado. Realmente, en cualquiera de las situaciones anteriores, lo que existe es un temor a perder el reconocimiento de los demás, a quedar señalado o invisibilizado por no estar en la corriente de la mayoría, y, en último término, una capacidad limitada a defender un espacio propio, espacio de ideas, de opiniones, de propiedad de nuestro lugar. Como siempre, un temor a no ser valorados y reconocidos desde nuestra singularidad. Esa singularidad a la que lleva la determinación y la defensa de lo que uno cree, pase lo que pase, pese a quien pese, y sabiendo asumir las renuncias que implica la batalla elegida. Por todo ello, he aquí una invitación a pensar, cuando escuchemos no-se-puede, cuántos significados puede llegar a tener esta expresión. Cuántas veces, con un simple no-se-puede, o no-puedes-hacer-eso, alguien consigue echar atrás nuestra decisión. Pero, sobre todo, cuando nosotros mismos la pronunciamos, ¿Qué estamos queriendo decir?  ¿Qué renuncias hacemos? ¿Qué espacio defendemos? ¿Qué queremos decir cada vez que decimos no-se-puede?. Decía Indira Gandhi, “con el puño no se puede dar un apretón de manos”. Pues con el no-se-puede, sencillamente no se puede.
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Quants nens he tatuat a la meva vida!, va ser la impactant exclamació espontània d’una educadora en escoltar les explicacions sobre la capacitat d’influir que tenim en les altres persones amb les nostres narracions.

Què veiem quan mirem? Quina mirada predominant utilitzem per valorar a les altres persones? Podem mirar el que manca o valorar el que es té, centrar-nos en l’error i la falta o a reconèixer el fet i la capacitat de fer. Com podem veure l’alegria d’un nen o nena des de la nostra tristesa? Com podem potenciar les seves fortaleses des del nostre sentiment de manca? Actuem segons el que sentim, si entrem a l’escola tristos, parlarem des de la tristesa, si tenim esgotament o alegria, farem classes pesades o alegres, i així també ens passa a casa, a la feina i amb les amistats. Les relacions parteixen de reconèixer a l’altre des de la seva singularitat en totes les seves expressions cognitives, emocionals i relacionals. Legitimar la singularitat és condició necessària perquè les nenes, nens i joves legitimin als pares i educadors perquè sentin que els poden acompanyar en el seu camí d’aprenentatge i socialització, sense haver de deixar de ser i fer. Som el que hem incorporat com a propi, de totes les històries que hem sentit sobre nosaltres. La nostra narració subjectiva del nen, nena o jove, és el resultat de la nostra pròpia història, del que considerem bo o dolent, acceptable o inacceptable segons les experiències viscudes i el que prèviament de nosaltres han narrat altres persones. Les nostres avaluacions i descripcions dels nostres fills o alumnes, no els defineixen, però condicionen la seva manera de relacionar-se amb nosaltres, amb els altres, en l’ara i en un futur. Evitem el domini d’un únic relat sobre que és un bon nen o nena, un bon o mal estudiant, determinat per uns nivells de coneixements i comportaments, fruit d’un disseny curricular o d’un estereotip social heretat, allunyat d’interessos i formes de conviure dels qui han d’aconseguir-ho. Construïm la relació mirant i veient tota les seves potencialitats i fortaleses, reconeguem la seva singularitat, acceptem i treballem plegats perquè puguin construir el seu propi relat, des de la seguretat i la sensació de que a casa i a l’escola, va poder ser. Deixem de tatuar vides. Joan Quintana
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¡Cuántos niños he tatuado en mi vida!, fue la impactante exclamación espontánea de una educadora al escuchar las explicaciones sobre la capacidad de influir que tenemos en las otras personas con nuestras narraciones. ¿Qué vemos cuando miramos? ¿Qué mirada predominante utilizamos para valorar a las otras personas? Podemos mirar lo que falta o valorar lo que se tiene, centrarnos en el error y la falta o en reconocer lo hecho y la capacidad de hacer. ¿Cómo podemos ver la alegría de un niño o niña desde nuestra tristeza? ¿Cómo podemos potenciar sus fortalezas desde nuestro sentimiento de falta? Actuamos según lo que sentimos, si entramos en la escuela tristes, hablaremos desde la tristeza, si tenemos cansancio o alegría, haremos clases cansinas o alegres, y así también nos ocurre en casa, en el trabajo y con las amistades. Las relaciones parten de reconocer al otro desde su singularidad en todas sus expresiones cognitivas, emocionales y relacionales. Legitimar la singularidad es condición necesaria para que las niñas, niños y jóvenes legitimen a los padres y educadores para que sientan que les pueden acompañar en su camino de aprendizaje y socialización, sin tener que dejar de ser y hacer. Somos lo que hemos incorporado como propio, de todas las historias que hemos oído sobre nosotros. Nuestra narración subjetiva del niño, niña o joven, es el resultado de nuestra propia historia, de lo que consideramos bueno o malo, aceptable o inaceptable según las experiencias vividas y lo que previamente de nosotros han narrado otras personas. Nuestras evaluaciones y descripciones de nuestros hijos o alumnos, no los definen, pero condicionaran su manera de relacionarse con nosotros, con los otros, en el ahora y en un futuro. Evitemos el dominio de un único relato sobre que es un buen niño o niña, un buen o mal estudiante, determinado por unos niveles de conocimientos y comportamientos, fruto de un diseño curricular o de un estereotipo social heredado, alejado de intereses y formas de convivir de quienes tienen que conseguirlo. Construyamos la relación mirando y viendo toda sus potencialidades y fortalezas, reconozcamos su singularidad, aceptemos y trabajemos juntos para que puedan construir su propio relato, desde la seguridad y la sensación de que en casa y en la escuela, pudo ser. Dejemos de tatuar vidas. Joan Quintana
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En las diferentes intervenciones y sesiones con equipos en las organizaciones en las que trabajamos, las acompañamos para configurar relaciones basadas en actitudes, comportamientos y acciones Cooperativas. Lo primero que hay que tener en cuenta es que las relaciones profesionales son relaciones activas, donde la capacidad para generar valor en la relación está centrada en un proyecto compartido y donde se generen beneficios para todos que forma parte del proyecto. A continuación hacemos una lista de los elementos y criterios que, desde el Modelo de Transformación Relacional, configuran los Equipos Cooperativos. De forma metafórica, esta configuración de los equipos se basa en un baile entre el Amor y la Discrepancia.
  • Visión y misión compartida y motivadora.
  • Identificación clara de los beneficios personales y de equipo.
  • El proyecto compartido como escenario de trabajo de futuro.
  • Saber identificar las emociones y gestionarlas.
  • Responsabilidades y autoridades.
  • Aportaciones y necesidades de cada parte.
  • Compromisos y decisiones.
  • Saber plantear las oportunidades de mejora personales y colectivas de forma honesta y transparente.
  • Definición de las alertas.
  • Capacidad para saber modular la posible tendencia al consenso.
  • Aceptación de la discrepancia.
  • Aprender de la discrepancia.
  • Conocimientos para argumentar aportaciones y opiniones.
  • Reconocimiento positivo explícito del otro.
  • Aceptación de la persona (SER), a pesar de la discrepancia de opiniones, acciones (HACER): «Para mí eres totalmente válido e imprescindible porque tu valor es incuestionable. Pero puedo discrepar de lo que dices o aportes”.
  • Escucha profunda para comprender.
  • No permitir conversaciones no tenidas (lo que no se dice públicamente).
  • Transparencia positiva en la discrepancia.
  • No manipulaciones.
  • Búsqueda de soluciones versus la búsqueda de culpables.
  • Saber diferenciar entre los problemas, las discrepancias y conflictos.
  • Facilitar la expresión del conflicto, si aparece.
  • Trabajar desde nuevas preguntas para ampliar miradas y soluciones.
  • Actitudes y comportamientos desde la humildad, el respeto, la transparencia, la consideración, la crítica constructiva.
  • Tener razón versus aportar.
  • Discusión sobre hechos no desde la persona, el equipo.
  • Manifestar claramente lo que molesta.
  • Aprendizaje de los errores.
  • Mirada de los matices.
  • Atención a las quejas, que son diferente de la discrepancia.
  • Buen humor, optimismo y alegría.
Joan Quintana y Gemma Segura 
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