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DESMONTANDO EL TRABAJO EN EQUIPO

Definitivamente, el trabajo en equipo está sobrevalorado. Aparece en los ránquines empresariales como una de las competencias más cotizadas a la hora de contratar personas y en todos los planes estratégicos, como si no fuera posible funcionar de otra manera en una empresa.

Quizá valdría la pena analizar cuáles son los ingredientes, aquellos elementos esenciales para que el trabajo en equipo sea tal. En primer lugar -y no de importancia-, para llevar a buen puerto un proyecto hace falta SABER. Vamos a necesitar de muchos talentos, variados y diversos. Normalmente esto suele estar dentro de las empresas. Me estoy refiriendo al conocimiento técnico, el que tienen las personas sobre diferentes temas y que, si no se tiene, solemos comprarlo afuera en formato consultoría o formación.

Sin embargo, en relación con este punto, conviene recordar otras circunstancias. Por ejemplo, cuando ni siquiera sabemos que en la organización ya se dispone de ese conocimiento; o cuando está en manos de alguien que ha sido invisibilizado; o cuando está encerrado en un cajón por miedo, egoísmo o desafección de las personas con la empresa.  Por el contrario, en climas más favorables, las personas pueden sorprender con su talento y su sabiduría. No hay nada como darle a alguien la oportunidad de mostrar lo que sabe y, sobre todo, escuchar.

La palanca clave, el factor que va a hacer que el saber esté encima de la mesa, es la generosidad, de las personas y la organización. De las personas, porque el conocimiento, dicen, es una de las pocas cosas que crece cuando se comparte, y de la organización, porque esta debería hacer una redistribución, lo más transparente y amplia posible, del conocimiento acumulado y la información estratégica. Para construir un espacio de saber compartido, todos los que participan han de aportar pequeñas «donaciones» a lo común. Por eso, la generosidad es la primera clave.

La prueba de fuego tiene que ver no solo con la transparencia y los flujos de comunicación y conocimiento, sino también con la presencia real de las personas en la parte menos atractiva del proyecto, lo que solemos llamar trabajo sucio. Fíjese en un equipo cómo quedan distribuidas las tareas, quién busca la luz, quién no tiene interés por brillar, sino por avanzar de verdad, quién está dispuesto y disponible cuando toca burocracia, tedio o trámites. En eso consiste, también, la generosidad.

En segundo lugar, para que un proyecto se desarrolle adecuadamente, es necesario PODER hacerlo. Hacen falta recursos económicos, infraestructuras, tiempo, medios tecnológicos y condiciones humanas. Al inicio, seguramente vamos a sobredimensionar lo que resulta imprescindible. Después, vamos a comprender que, con menos dinero, con menos personas, con instalaciones más pequeñas, con la mitad de los viajes y una cuarta parte de reuniones, los proyectos salen igualmente adelante.

Me atrevo a decir que, en relación con el poder, el factor clave es la responsabilidad individual. Quisiera, para explicar este punto, recordar la etimología de la palabra:

El término responsabilidad tiene su origen en la palabra «responsable» que, a su vez, procede del latín «respōnsum», supino de «responderē», que significa «responder» en el sentido de «obligarse», de «comprometerse a algo».

Lo que pretendo mostrar es la relativa fragilidad del compromiso que acompaña a algunos proyectos. Cuando alguien quiere sacar algo adelante, lo hace, es decir, se hace responsable, se implica, busca alternativas, agota los recursos, da la vuelta, retrocede, toma aire, pide ayuda, inventa nuevas soluciones, aprovecha al máximo los recursos, prueba por otro camino distinto, observa su propio compromiso desde la responsabilidad de llevar a cabo la tarea. En los equipos el trabajo colectivo suele ocultar -al principio- y mostrar -más adelante- los diferentes grados de responsabilidad individual y de compromiso real. Y siempre hay personas que empujan de forma incansable para lograr el resultado, en lugar de vigilar y criticar lo que hacen otros. La responsabilidad, aparte de ser una cualidad muy valiosa de las personas, tiene que ver con cumplir lo que se debe a tiempo, de la mejor manera posible y asumiendo las dificultades que van surgiendo. Aviso a navegantes: la responsabilidad individual y el compromiso con el proyecto también incluye levantar la mano ante riesgos e incumplimientos, para salvaguardar el destino y la buena marcha del mismo. En eso consiste, también, la responsabilidad.

Y, como muchos ya habrán intuido, además hace falta QUERER. Ya nos decía Einstein que la voluntad es el motor más poderoso de todos. ¿Cuántas de las personas que participan en un proyecto realmente quieren estar allí? ¿Cuántas, verdaderamente, tienen el firme propósito de sacarlo adelante? ¿Cuántas sienten que este les hace levantarse cada día con entusiasmo? La reflexión incluiría analizar el motivo por el que cada una está allí y la forma en que llegó. En todos los equipos hay quien está por su saber, pero esto no garantiza el poder y el querer. Otros pueden haber llegado por azar, compromiso político, interno o deudas contraídas. Aun así, quizá andando el tiempo desarrollen la voluntad de participar con interés.

Pues bien, para el querer necesitamos conectar con el propósito. Lo que produce un vínculo más claro y fuerte con un proyecto es el sentido que se le otorga, cómo contribuye al propósito de la persona. No siempre lo identificamos, pero nos damos cuenta de que nuestra presencia nos hace sentir útiles, nos conecta con nuestra motivación vital interna, nos llena, nos impulsa. No todos los proyectos tienen ese punto de transcendencia, o no siempre somos capaces de verlo, o no conecta con nuestra propia visión vital. Es como saber que uno está donde verdaderamente tiene que estar. En eso consiste, también, la voluntad. A partir de ahí permanecerá activada.

El trabajo en equipo es un mantra que funciona, sí, cuando se sabe, se puede y se quiere. Cuando se dan la generosidad, la responsabilidad y la voluntad. De las tres, la más difícil de obtener -y la más valiosa- es la voluntad. Quizá deberíamos mirar, en los inicios de los proyectos, si estos tienen un sentido suficientemente atractivo para que las personas quieran, para que estar allí les enriquezca, les sume, les haga crecer como personas y profesionales. Quizá, antes de emprender un viaje, haya que revisar el sentido que tiene y qué le aporta esto que vamos a iniciar, y a quién. Quizá convenga comprobar que el propósito es noble y elevado, de interés común, y que despierta y atrapa, por ello, la voluntad de las personas.

Es el querer lo más difícil de obtener y lo que mueve todo. Por eso, quizá, el trabajo en equipo sea -desde el punto de vista organizativo- necesario, pero nunca será suficiente. Corremos el riesgo de poner demasiado foco en que las personas colaboren, estén coordinadas, se comuniquen, compartan todo y hagan las cosas juntas, cuando, sin duda, es la responsabilidad de las personas lo que mueve un proyecto hacia adelante, y es el querer hacer, lo que consigue que se haga. Las metas establecidas deben de ser iguales para todos y conocidas por todos, pero los que más quieran serán el verdadero motor, desde su motivación interna. Ese empuje, que nace dentro de uno, no se consigue -solamente- con el trabajo en equipo.

Cada uno de nosotros somos seres únicos y singulares y, por ello, complementarios. Aceptarlo significa la amabilidad/humildad de abrirse de corazón al reconocimiento de la complementariedad, ver y dar valor a lo que el otro puede ofrecerme, y abrirse a la vulnerabilidad de mostrar la propia singularidad y a compartirla con otros, aportando a lo común desde la humanidad compartida. Comprender que todos necesitamos de los demás y que sin personas responsables nada sale adelante. Trabajar con generosidad, responsabilidad y voluntad es el gran reto. Luego, si acaso, vienen los equipos y los proyectos.