Blog

Gente de Bien

Cuando éramos niños a menudo las personas mayores nos preguntaban; y tú, ¿qué quieres ser de mayor? Y uno decía que médico, peluquera, arquitecto o cosas así. Los hijos solíamos añadir que de mayores queríamos ser “lo mismo que papá”, los chicos, o “que mi mamá” en el caso de las chicas (el tema de la igualdad no estaba en el registro en aquellos años…). Y entonces los papás solían decir que teníamos que ser, ante todo, hombres y mujeres de bien.

La responsabilidad social, con la triste ayuda de una crisis económica sin precedentes, ha vuelto a poner en la mesa muchos de los valores que defendían nuestros padres. Ahora, visto el resultado que nos ha dado el modelo económico, uno piensa que querría ser lo que sea, pero que sobre todo quiere ser como su papá y mi mamá: gente de bien.

Decía Karl Popper que no hay organizaciones poco éticas, sólo hay personas poco éticas. Sea como sea, según todas las voces, públicas o no, expertas o aficionadas, esta es una crisis provocada por la falta de integridad de algunas instituciones y organizaciones, detrás de las cuales estaban algunas personas que, con las prisas, qué cosas, se olvidaron de medir las consecuencias de sus decisiones. Vamos, que se ha producido un exceso de excesos, que en la sociedad de consumo se nos ha olvidado pensar en el mañana, y en los que vienen detrás, en los otros. Nunca nuestros padres hicieron una huida hacia delante tan vertiginosa, endeudándose moral y económicamente por encima de lo posible y razonable.

Aquellos valores que proclamaban las generaciones anteriores, la solidaridad, la austeridad, la cultura del esfuerzo, la justicia social, frente a los grandes abismos que ha producido la globalización donde apenas unos pocos son dueños de casi todo, es lo que se proclama e intenta recuperar con el ejercicio de la responsabilidad social. Siempre hubo unos valores universales con los que la inmensa mayoría de las personas se sienten identificadas: el respeto, la igualdad, la protección de la infancia, la diversidad cultural…La Declaración Universal de los Derechos Humanos ha cumplido 65 años; lleva 65 ahí. Muchas personas llevan años peleando por el respeto a los Derechos Humanos; ahora no hay organización que se quiera llamar responsable que se sostenga sin ellos.

Estamos descubriendo también acerca del liderazgo. Porque siempre hubo emprendedores sociales; ahora hay muchísimos, no sé si hasta estemos entrando en una burbuja de emprendimiento.  Siempre hubo convencidos del respeto al medioambiente, estrategas de las emociones, agentes del cambio social, defensores del largo plazo, de las personas, de la justicia. El líder social, la persona que persigue esa visión fuerte y sólida, y cree en lo que hacen, que su forma de ser, relacionarse y trabajar puede dejar una (buena) huella en el mundo, está donde uno menos puede esperarse. Más allá de tener una visión de proyecto o de empresa, algunos hacen de esto una visión de vida, una visión-sueño, el sentido de su vida.

También estamos redescubriendo las relaciones familiares. Lo llaman conciliación, a veces incluso paternidad responsable. Lo cierto es que la aspereza del día a día empresarial nos lleva cada día más a guardar espacios de cura emocional con nuestros hijos y parejas, en esa caja fuerte del corazón que es el hogar. Nos ha hecho falta un baño de realidad para darnos cuenta de que casi siempre los límites se los pone uno mismo. Los despidos afectan a muchas personas, con independencia de que hayan dado hasta la última gota de su sangre por la empresa, trabajen con el alma, hagan lo justo, o no hagan casi nada: es café para todos. Los grandes acontecimientos globales han sacudido conciencias y han movido determinados listones. En Estados Unidos, por ejemplo, se produjo una oleada de bajas voluntarias y peticiones de reducción de jornada, justo después del 11-S. Aún hace falta, en muchos casos, un momento vital dramático para que reaccionemos y actuemos.

Y también estamos dando un nuevo sentido a la amistad, a las relaciones personales. Arrasan las alianzas, los encuentros de personas que comparten inquietudes, causas o creencias, las redes y los acuerdos de colaboración; todo eso que, en definitiva, se basa en la confianza entre las personas.

Así, en ese proyecto personal que cada uno tiene, en esa cumbre a escalar más o menos alta, simplemente no queremos estar solos, sino compartir lo malo y lo bueno de la escalada con otros; con gente de esa que marca la diferencia, haciendo que nos sintamos menos locos, más comprendidos en nuestra pelea diaria. Personas a las que nos sentimos unidos en nuestros valores más profundos. Personas que nos mantienen orientados durante la escalada, nos proporcionan apoyo y ayuda sin necesidad de pedirlo; de forma que esa red de personas es como un tejido que nos protege de todo lo que nos resulta hostil. Es decir, aquellos con los que compartimos la lucha diaria por lo que queremos.

Por eso hay gente excepcional,  a veces los llamamos colegas. Por eso decimos networking cuando queremos decir amigos, decimos conciliación cuando queremos decir calor de hogar y cariño familiar, decimos código ético cuando nos referimos a los valores, llamamos líderes a la gente con la queremos trabajar, en la que creemos y a la que queremos seguir.

A medida que se nos ha ido cayendo el sistema, el debate va volviendo a lo que preocupaba a nuestros padres, en el origen mismo de los valores, que no es otro que: ¿qué tipo de sociedad queremos para nuestros hijos?. El origen y el destino son idénticos: el modelo social que hemos creado, y hacia dónde nos lleva. O dicho de otra manera: acaso tenemos ni más ni menos que lo que nosotros mismos hemos construido. Y si no nos gusta para nosotros mismos, menos nos gustará para nuestros hijos.

Y así, hemos llamado ética o integridad o responsabilidad social a todo esto, que no es más que una mirada crítica hacia dentro de las instituciones (todas, públicas, privadas…) para preguntarnos si, con lo que hacemos,  llegaremos de mayores a ser gente de bien.

Foto: Andre Bogaert