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MEMORIAS DE UN POSCOVITA

Nací en el año 2015, así pues apenas tengo recuerdos anteriores a 2020. Del primer TWC (Time of World Confinament), apenas algunas imágenes de toda la familia haciendo gimnasia frente al televisor y de todos aplaudiendo en el balcón. Parece ser que la globalización casi acaba con el planeta. Un nuevo virus precipitó, aunque, de hecho, adelantó, poniendo de manifiesto la incapacidad de gestionar el planeta de forma global; la incapacidad del sistema se puso en evidencia. La Economía como centro del mundo, al igual que la religión en la Edad Media, cayó derrotada por incapacidad de gestión y la convivencia alterada a nivel mundial.

Incluso una federación europea que únicamente había sido capaz de uniformar la moneda se hundió en egoístas tira-y-aflojas economicistas. Ese final del capitalismo desbocado de finales del siglo XX ya anunciaba su estruendoso fracaso a inicios del XXI, antes de que yo naciera.

La distancia entre producción y cliente o entre recolección y consumo, se extremó hasta el punto de obviar ciegamente sus consecuencias, desde el impacto ambiental a desigualdad económica. El impacto en el cambio climático, las desigualdades, las migraciones desesperadas, así como las denuncias de algunos científicos y pensadores, identificaron y avisaron de estos síntomas, pero sin atisbar la necesidad del nuevo paradigma que ya hace algunas décadas nos gobierna.

A día de hoy y con motivo del 25º TWC, sigo con interés la transformación de la primera mitad del siglo XXI y cómo los hemos pilotado hasta esta ya entrada segunda mitad del siglo XXI.

Los TWC, desde el primero en 2020 hasta este último en 2053, han sido nuestra mejor herramienta para regularnos. Aunque inicialmente no fue sino una reacción desesperada ante la emergencia, se supo ver el poder e impacto de la actuación individual concienciada respecto al rumbo global. Teóricamente real, pero jamás contrastada con tamaña rotundidad.

Del auctoritas al potestas y de nuevo al principio.

Desde el siglo IV a.C. la antigua Roma discriminó, por un lado, el re-conocimiento y el saber no vinculante pero socialmente reconocido que llamaron auctoritas o «poder ligado a la capacidad y la reputación» y, por otro lado, el poder ligado a las leyes, instituciones y cargos; el potestas. Muchos precovitas nativos relatan cómo el poder establecido perdió su auctoritas y, en consecuencia, progresivamente su potestas. Ninguna institución o sistema se mantiene cuando pierde credibilidad; tarde o temprano acaba generando insumisión. Ahí empezó a gestarse la transformación, cuando lo político dejó de ser social. El poder perdió credibilidad y se hundió. El resurgimiento se centró en el conocimiento de nuevo auctoritas.

Recuperación de lo local, proximidad.

La progresiva desaparición de las macro-instituciones nacionales y supranacionales, la insumisión a lo global, al poder establecido y a la monarquía, dio lugar a la recuperación de aquellos que, desde la proximidad, entienden y potencian la comprensión y la acción local.

Los primeros TWC fueron lanzados por los alcaldes y aprobados por su comunidad. La democracia participativa no existió hasta este siglo. Parece ser que la delegación total a la representación envalentonaba a quien se sentía representante absoluto y plenipotenciario de su electorado. Creo que le llamaban «democracia representativa». La democracia convivencial en la que estamos se abrió definitivamente paso para protegernos desde la proximidad.

La creación de las PCC Plataformas de Convivencia Comunitaria, recuperaron el sentido de comunidad como sistema, en busca del equilibrio, potenciando al máximo la inteligencia colectiva ya propugnada a inicios de siglo. La capacidad de acordar en comunidad, nació de lo que antes eran los ayuntamientos, aunque desprovistos de ningún poder que no fuera la autoridad derivada del conocimiento, expertise y proximidad a los ciudadanos. Garantizar la autosuficiencia, equilibrio y justicia interna de quien aporta valor a la convivencia así como la capacidad de intercambio no desestabilizador se han convertido en eje central de las PCC.

Del concepto Glocal, pensando en global y actuando en local se pasó al Lobal, pensando en local y actuando en global. Todo impacto global se inicia por movimientos locales que se deberán regular desde las PCC con las TWC que sean necesarias y acordadas. Cuidar el equilibrio del sistema comunidad actúa como célula sana en el organismo general.

De la solidaridad global a la generosidad local

Aunque admirables y necesarios, siempre se manifestaron de escasa potencia y limitada capacidad movilizadora aquellos movimientos que buscaban la solidaridad global. La preocupación por aquellas dramáticas carencias de quien está a miles de kilómetros se ha visto completado por la imprescindible generosidad local. Simplemente es más fácil empatizar con la necesidad del vecino que con el hambre del tercer mundo. Una no sustituye a la otra, pero la completa y, ante todo, abre la mirada para transitar del individualismo a la comunidad, a la mirada consciente y generosa hacia el real impacto de la ayuda al vecino.
Aquí los TWC jugaron un gran papel al forzar a la proximidad.

Sostenibilidad es factor local

Toda conciencia de sostenibilidad se alimenta más claramente desde lo local, fundamentalmente por la cercanía con los resultados de la acción por un lado, así como lo accesible que resulta actuar directamente. Toda acción o inacción está pegada al resultado y se evidencia inequívocamente desde lo local. Las primeras TWC se orientaron en este sentido. Cada comunidad retuvo segmentos de su comunidad o negocios para proteger el medio ambiente, el impacto económico no deseado o los caminos de desarrollo perjudiciales para la comunidad. La variabilidad o diversidad de objetivos y metas, fueron tantos como comunidades.

Cuidado local no excluyente

Naturalmente hubo unas primeras lecturas que ondearon las banderas del orgullo identitario. Una ceguera nacionalista -y, como tal, supremacista- pareció teñir los primeros movimientos locales. Rápidamente se clarificó que cuidar de lo propio o lo próximo no quiere decir considerarlo mejor. No es nacionalismo supremacista e individualista como ese «America first» que popularizó un afamado líder de entonces; es la búsqueda de la diversidad en la proximidad.

De lo distante exótico a lo próximo a descubrir

La protección frente al turismo fue un movimiento interesante en nuestro país. Todo turismo tiene una gran dosis de superficialidad, de quien busca el exotismo de la extrema diferencia. La consecuencia no era otra que la distancia emocional entre el turista y el turistado; el primero arrogante y obcecadamente centrado en captar diferencias con lo conocido, y el segundo, obsesionado en conseguir -cuando no robar- la riqueza del primero.

Una relación exclusivamente económica entre quien busca el viaje más económico y diferente y quien rebusca cómo obtener el mejor beneficio en el menor tiempo posible. Esta mitad de siglo ha ido dejando por obsoleto ese turismo oportunista para abrirnos al mestizaje entre anfitrión e invitado, en el que el primero busca enseñar lo mejor de sí mismo y el segundo rebusca entre qué aportar. Lo que ahora se entiende como natural la NCV, Números Clausos de Visitantes, aún siendo obvio, no se aplicó sistemáticamente hasta bien entrados los años ’30. La lógica limitación de estos intercambios también alimentó algunos TWC localmente.

De la educación uniformante a la conciencia de individuo y especie

De gran ayuda ha sido la educación que hemos recibido todos los poscovitas. Dejar definitivamente la gestión de la información y el conocimiento fuera del sistema tuvo su recorrido. Finalmente, pensar centrarse en la socialización humana, en la convivencia, en la relación con los otros, en la compresión de uno mismo y poner en valor las propias emociones, la salud y la felicidad del grupo, la amabilidad con la naturaleza como escenario y contenedor de la relaciones. La atención al reconocimiento del otro como forma de existir en comunidad parece fácil para nosotros los poscovitas, pero supuso un gran esfuerzo a los precovitas. Desplazar lo económico como centro, hacer entender que el beneficio no es patrimonio exclusivo de quien invierte, abandonar egoísmos miopes orientados al propio interés, en la absurda convicción de que un árbol puede crecer solo, en la creencia de que «si yo estoy bien todo estará bien» y cambiándola por la de «si todo está bien, yo estaré bien». O como dice el proverbio chino: «el mejor granero para el grano que no como es el estómago de mi vecino», aunque seguimos llenos de contradicciones.

AUTOR: FRANCESC BELTRI GEBRAT, MIEMBRO DE GRUPO MEDITERRÁNEO CONSULTORES Y COLABORADOR DEL INSTITUTO RELACIONAL.