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Blog, Somos relacionales

«El dolor viene de la ceguera, de la ignorancia», afirma Claudio Naranjo en el inicio de esta entrevista en la que reflexiona sobre la forma en que vivimos actualmente, evitando el dolor propio y ajeno. Explica también la importancia de las relaciones y la forma en que estas afectan nuestras vidas y el funcionamiento de la sociedad.

Recordamos así a este gran pensador chileno que hoy falleció a sus 84 años.

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Dice Gerald Hüther en su libro La evolución del amor que el fenómeno más fascinante generado por la evolución en la tierra es el amor. Entonces es que el amor existe y quien cree en él puede mover montañas y pasar por encima de su propia sombra. Hablamos de amor como un sentimiento para referirnos al afecto, la entrega, el vínculo, el apego, la simpatía, la pasión, el deseo. Todo ello está asociado al amor. Pero ¿sabemos por qué existe el amor, de dónde viene y para qué sirve? La forma en la que las personas usamos el pensamiento y lo que producimos con él depende del sentimiento que lo domine, de la motivación que lo promueve y de los propósitos que haya detrás. Por ello si el egoísmo se convierte en el motivo que conduce el pensamiento, el sentir y el actuar el amor no tiene espacio para expresarse y crecer. El amor es la única fuerza capaz de establecer un verdadero vínculo entre las personas, un sentimiento de vínculo y pertenencia que permite la vida y la supervivencia en un mundo cambiante y repleto de amenazas. Cuanto mayor es el sentimiento de pertenencia, cooperación y solidaridad mucho más fácil resulta sacar provecho de las capacidades y habilidades físicas, mentales y espirituales. Es ese sentimiento que nos lleva a identificarnos con los otros y a poner todo lo que sabemos, conocemos y experimentamos -nuestro talento-, al servicio de preservar el bienestar del grupo. Hace unos meses nos contaba Ignacio Martínez Mendizabal, en el primer encuentro Conversaciones, Relaciones y Copas «Juntos, la clave del éxito«, que las comunidades humanas solo pudieron sobrevivir e imponerse porque poseían un fuerte sentido de pertenencia y estuvieron en condiciones de aprovechar para su supervivencia las fuerzas y las capacidades liberadas por el sentimiento de amor. Eran las relaciones sociales las que determinaban para qué y cómo los hombres utilizaban el cerebro. Era el vínculo primario, esa relación emocional original que se desarrolla con las personas de referencia y que llamamos amor, ese fuerte vínculo emocional de cada persona con su comunidad lo que se convirtió en el impulsor decisivo para el despliegue de las potencialidades intelectuales y emociones de la humanidad. Evidente, entonces, que el amor no tiene límites. Pero, para que ese amor no tenga límites es necesario vivirlo en vez de interpretarlo, es necesario ponerle acciones, conductas y comportamientos que orienten el amor. En nuestras manos está decidir según qué leyes orientamos nuestras acciones, si de acuerdo con las del egoísmo y la insolidaridad, que llevan a separarnos o según las de un mundo que confluya hacia un mismo punto de unión. Un mundo donde prime la tendencia de entrar en resonancia con la energía y la expresión del amor. ¿Cómo? Trabajando el vínculo social para tejer una verdadera red social de amor, por la vía del sentirse parte de una comunidad para tener experiencias de ser parte de un todo, ya que solo es posible encontrar la confianza y la seguridad contribuyendo a consolidar la cohesión dentro de esa comunidad. Porque solo cuando el arraigo es lo suficientemente amplio y disponemos de un amplio saber y variadas competencias, puede formarse la capacidad de aceptar y promover la responsabilidad social. Quien de repente está en condiciones de ver lo que nunca ha visto antes empieza a pensar de manera distinta, un modo de pensar sintético y cohesionador que hace posible el surgir de una biología futura del amor. Si miramos con más amor y hablamos con más amor, sentiremos con más amor. Un amor que no radica en conseguir un fin propio, ni utilizar a otros como objetos o medios para conseguir un fin, sino que radica en considerar al otro como lo que es, un legítimo otro, una Persona. Un amor que radica en inspirar, ayudar, animar, cuidar y acompañar a los otros para que juntos desarrollemos todo nuestro potencial. Porque no se trata sólo de estar juntos o unidos por causas externas, sino de ayudarnos conjuntamente a crecer y al mismo tiempo ayudarnos a ser libres, para establecer una verdadera «red de amor». En la contra de La Vanguardia de ayer, 27 de febrero de 2018, Juan Echegaray, doctor en Biología, especializado en biología celular y neuroanatomía, decía que cuando actuamos sin amor –en contra del amor dice él-, dejamos de lado la armonía y la perfección. La falta de amor son el motivo por el que existe desarmonía en nuestro planeta o la causa de todo dolor, pero la solución está en nuestras manos y se llama amor. Estamos en condiciones de crecer unidos, de improntar en el cerebro un sentimiento de vínculo estrecho entre los miembros de la familia, las amistados, las organizaciones, las comunidades cada vez mayor, porqué lo más importante en el mundo actual son las relaciones sociales y los vínculos que socialmente podemos, sabemos y debemos tejer. Estamos en condiciones de compartir, que es más inteligente y sabio que poseer y tenemos argumentos para describir esta forma de ver el mundo porque podemos, entre todos, cambiar la fuerza motora que contiene la energía del vínculo de amor.  Solo así podemos seguir siendo lo que de verdad somos, pura energía de amor. Existen dos posibilidades para conseguirlo: o conseguimos superar nuestros miedos más internos y pensar de forma sabia y armónica o seguimos tratando de necia a nuestra sabiduría.  ¿Qué camino decidimos? Yo lo tengo claro, me apunto a tejer una verdadera Red Social de Amor.
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¿Te has planteado para qué vivimos? Creo que todos vivimos para ser felices, para sentirnos bien en cada momento de la vida, para amar y que nos amen. Eso es lo que buscamos y lo que deseamos para nosotros y para cualquier persona que amamos: vivir y amar. Para ello, tenemos que saber reconocer y dar espacio a nuestras emociones, aceptarlas y después, saberlas gestionar. Somos altamente imperfectos, forma parte de nuestra divinidad, y en esa imperfección divina también hay que hacerle espacio a los errores, los propios y los de otros. Pensar, a diferencia de lo que creemos, es más emocional que racional. Para pensar y hacerlo bien, hay que aprender a detectar lo que sientes, también cuando te sientes mal. Esos momentos en los que en lugar de empezar a buscar culpables fuera, debemos mirar lo que ocurre dentro, porque lo que hay que cambiar es nuestra percepción. Debemos aprender a pensar bien de uno mismo. Todas las personas necesitamos sabernos y sentirnos aceptados, reconocidos, valorados, queridos, respetados y ayudados, ya que por encima de cualquier otra cosa somos seres relacionales y emocionales. Lo que no necesitamos es sentirnos cuestionados, aleccionados, reprochados e ignorados. Los pensamientos negativos hacia uno mismo y hacia otros son muy dañinos, por eso hay que mantener pensamientos de aceptación hacia uno mismo el máximo tiempo posible. Nuestro cerebro se modifica continuamente en base a aquello que hacemos, pensamos y sentimos. Debemos aprender a pensar bien de lo otros, porque no existe el yo aislado ni la experiencia completamente personal sino que existimos en un mundo de constitución conjunta. Siempre estamos emergiendo de una relación, de la que no podemos salir. Incluso en nuestros momentos más privados nunca estamos solos. Además, el bienestar del planeta depende en gran medida de la manera en que podamos nutrir y proteger los procesos generativos de las relaciones. Nuestro bienestar futuro depende de que coloquemos las relaciones en un lugar privilegiado de nuestros intereses, porque todo el significado surge de la acción coordinada y aquello que consideramos real y valioso depende del bienestar de nuestra relaciones. Todos nacemos con la capacidad de tener y sentir emociones. Las emociones están constituidas por un estado fisiológico y una experiencia mental. Existe una diferencia entre la emoción y el sentimiento, la emoción es lo más elemental, es la reacción fisiológica a una vivencia breve pero intensa. El sentimiento, es un estado emocional, derivado de la emoción, a más largo plazo y con vivencias complejas y más duraderas. Debemos aprender a amarnos porque somos como somos. Esta convicción vital nos aporta confianza en uno mismo y en el mundo. Esta convicción vital también nos posibilita amar a otros porque son como son, como dice una de las declaraciones de amor del cine: «Te quiero cuando tienes frío a 21 grados, te quiero cuando tardas una hora para pedir un bocadillo y adoro la arruga que se te forma encima de la nariz cuando me miras como si estuviera loco». Dejemos, pues, de proyector en nosotros lo que no somos y de proyectar en otros lo que tampoco son. Dejemos las proyecciones que nada tienen que ver con quien somos ni con las personas que nos rodean. El amor es lo único que da sentido a la vida.
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