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Teresa Terrades, profesora de secundaria, coach educativa y miembro del Consejo Profesional del Instituto Relacional, ha publicado un interesante artículo en la publicación especializada Diari d’Educació. En él, reflexiona sobre la importancia del vínculo en el hecho educativo. Originalmente en catalán, el artículo se encuentra disponible en esta dirección web. En esta entrada, y con permiso de la autora, nos permitimos reproducir algunos de los principales pasajes. Robert Waldinger, psiquiatra y médico de la Universidad de Harvard, ha dirigido junto a tres de sus antecesores un estudio sobre los factores que contribuyen a mantenernos sanos y felices a lo largo de nuestra vida. El estudio ha durado más de 75 años y ha seguido a casi 800 personas. La conclusión no puede ser más contundente: las buenas relaciones marcan la diferencia entre las personas que tienen buena calidad de vida y las que no. Contrariamente, la solitud y el aislamiento comportan un deterioro más rápido de nuestro cerebro y una salud más precaria. Este hecho, que el estudio pone en evidencia, tiene mucho que ver con nuestra condición de mamíferos, según la cual, necesitamos del vínculo para sobrevivir. Al nacer, los humanos todavía no tenemos terminadas las conexiones neuronales. El cerebro humano se completa relacionalmente y nuestra manera de sentir depende de las conexiones que se han establecido en el cerebro mediante el vínculo. Así, la alegría es la experiencia de estar vinculado y la tristeza es la pérdida de vinculación. Nuestro sistema emocional se estructura a partir de aquí. Nuestros cuidadores, al darnos esta posibilidad, nos están reconociendo también nuestra existencia. El reconocimiento es capital para saber que estamos ahí. Nos da sentido de identidad y de valía personal. Quien no se vincula, no se siente visto. Y sin sentirnos vistos no sabemos que existimos. Parece inapelable nuestra condición de seres relacionales. No es extraño, por lo tanto, que la calidad de nuestras relaciones sea tan determinante para nuestro bienestar. Si los vínculos hacen de nuestra existencia una valiosa experiencia, ¿cuál es su relevancia en el proceso de aprendizaje? Todos nacemos con el instinto de aprender, nos jugamos en ello la supervivencia, tal y como dice David Bueno en su último libro “Neurociencia para educadores”. Sabemos que aprender es transformar la información en conocimiento significativo a través de la experiencia. Una experiencia que puede tomar muchas formas. Pero cualquiera de ellas pasa por una relación, un vínculo. Observémoslo: podemos asumir el proceso de aprendizaje cuando gozamos de bienestar psicológico, es decir, cuando sentimos en equilibrio el contexto relacional en el que nos movemos. Los adultos nos enseñan cómo sentir y evaluar las cosas que vivimos a lo largo de la vida porque estamos diseñados para aprender más de los otros que de nosotros mismos. Aprendemos más de los demás que de nuestra propia experiencia. Ramón Riera, en su libro “Conexión emocional”, afirma que necesitamos la validación de lo que hacemos por parte de las personas significativas que nos rodean. Si no, el sentimiento que tenemos de nosotros mismos pierde cohesión. En cualquier aprendizaje, lo que el cerebro percibe como de máxima utilidad es el reconocimiento social. Y nos hacemos refractarios ante aquellas actividades que detectamos que pueden hacer que lo perdamos. Necesitamos aprender, por lo tanto, a través de vínculos seguros, de vínculos que nos siguen acompañando cuando fallamos, que nos siguen reconociendo. El aprendizaje a partir de la experiencia del otro, ya sea un maestro, o un padre, o un adulto de referencia, permite un progreso mucho más rápido que si lo hacemos a solas, y encaja mejor con las necesidades del momento concreto en que se produce. De hecho, los niños y los jóvenes dedican tiempo a buscar la atención conjunta con sus adultos, a diferencia de otros seres vivos, porque somos los seres más dotados para la conexión intersubjetiva. Tenemos una capacidad específica para compartir estados subjetivos, es decir, para conectarnos emocionalmente y ello nos permite actuar juntos, pero, sobre todo, colaborar juntos. Al compartir en el aula, los aprendices ven desplegar las fortalezas del maestro a través de las actividades que realizan unidos y entienden que ellos también podrán hacerlas. Esto les ayuda a conocer sus propias capacidades. La conexión emocional hace posible, también, compartir los estados intencionales entre docentes y alumnos (o entre padres e hijos). Esto es, compartir juntos la intención de que el niño progrese. Este estado proporciona acceso al lenguaje, inicialmente, y a la cultura, después, y refuerza la convicción de quien aprende del valor de aprender. ¡El aprendizaje que se produce en estos términos multiplica y multiplica las conexiones neuronales tanto de los alumnos como de sus maestros! Todo nos lleva a pensar, por tanto, que la idiosincrasia de nuestra especie es profundamente relacional y que la experiencia del aprendizaje se fundamenta precisamente por esta característica. Porque cuando la experiencia del saber no se vive a través de los demás, no la recibimos como un aprendizaje de valor. Esta experiencia del aprendizaje es significativa sobre todo cuando se vive desde la alegría, no desde el miedo o la pérdida, que nos bloquean. Aprender de manera significativa es dignificar nuestras vidas. Robert Waldinger nos expresa, por medio de su estudio, una realidad que es obvia y que, a pesar de todo, olvidamos a menudo, centrados como estamos en los objetivos y los resultados. Una realidad que cuando la trasladamos al campo educativo no solo es obvia, sino que, además, es nuclear para lograr el mejor aprendizaje que nos procure una supervivencia mejor. Y lo hacemos mejor cuando lo hacemos juntos. El factor relacional de la educación debería condicionar especialmente las aulas en las que nos formamos los docentes de este país y las aulas de todos los centros educativos.
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Noticias
Queremos dedicar nuestro último post de 2016 a reproducir integramente el artículo que el periodista, divulgador y especialista en educación Carles Capdevila ha publicado en el día de hoy en el Diari Ara.

El texto, originalmente escrito en catalán, se encuentra disponible en este link.

Nos ha parecido tan bonito y tan relacional, que no hemos evitado la tentación de compartirlo con quienes no lo hayan leído. Sobran las palabras.

16 cosas que he aprendido este 2016

Por Carles Capdevila – en el Diario ARA, 30 de diciembre de 2016

  • 1. Que aceptar las limitaciones tiene un algo doloroso y otro algo liberador. Dejas ir el lastre y puedes dedicarte en cuerpo y alma a lo que te queda, si aprendes a dejar de lamentar lo que pierdes. Cuando se cierra una puerta se abren, solas, un montón de ventanas.
  • 2. Que la amabilidad puede ser la idea más revolucionaria. Tiene el poder transformador de las personas que llevan puesta la sonrisa, que transmiten optimismo, que nos hacen reír que, por ahí donde pasan, mejoran el ambiente.
  • 3. Que en vez de lamentarnos cuando se queja nuestro cuerpo y exclamar un “maldita rodilla” sería cuestión de poner en valor los años que lleva soportándonos y doblándose a nuestra voluntad. En vez de maldecir a cada uno de nuestros propios huesos, deberíamos estar celebrando este esqueleto que hace lo que puede por mantenernos derechos.
  • 4. Que la alegría de vivir no tiene métodos, pero sí tiene maestros. Conviene acercarnos, esperando ser contagiados, de gente sencilla, que tiene en la bondad, el amor y el bien del prójimo su foco, que pasan desapercibidos en un mundo que premia más el cinismo que la ingenuidad.
  • 5. Que hemos venido aquí, a pesar de que no lo disimulamos muy bien, a amar y a ser amados. Y, en consecuencia, a cuidarnos. Y que el cuidado de las personas es la tarea más importante del mundo y la menos valorada de todas.
  • 6. Que nunca se debe discutir con un imbécil. La clave es detectarlos y frenarles a tiempo. Pero para ello se necesita una sociedad madura y respetuosa que ignore la provocación barata y admire más los valores que los resultados a cualquier precio.
  • 7. Que la persona con quien no te sepa mal llorar y que te haga la compañía adecuada es, por fuerza, un muy buen amigo. Sobre todo, si también sabéis reíros juntos.
  • 8. Que nunca es tarde para aprender a caminar. Y que con el amigo con el que más camino somos mucho más amigos desde que caminamos juntos: se es más sincero, más directo y más profundo con él.
  • 9. Que sin confianza no hay motivación, porque confiar suele dar más fruto que vigilar.
  • 10. Que me seducen los optimistas currantes. Los que saben que todo es un desastre y que todo puede ir mal si no lo remediamos. Y, por eso mismo, se lanzan al ruedo y se ponen a trabajar. Y que mantienen ese punto de ingenuidad necesaria para creer que van a poder. Porque sin confianza no hay convicción, y sin convicción no hay resultados y sin resultados no hay motivos para mantener la esperanza.
  • 11. Que priorizar significa descartar. Para poder decir el “sí” entusiasta y posible a quienes quieres decírselo, deberás decir el “no” contundente y sin culpabilización al que no cabe en tu vida.
  • 12. Que lo peor del miedo es cuando nos pilota, cuando se instala en el volante de nuestra vida. Porque el miedo nos puede convertir en traidores. O nos puede paralizar del todo. El miedo a la verdad nos hace ser mentirosos, el miedo a sentir emociones fuertes nos convierte en fríos, el miedo al riesgo nos hace lanzar la toalla y el miedo a morir nos puede impedir vivir.
  • 13. Que somos más lo que hacemos que lo que decimos, que somos más lo que decidimos que lo que pensamos. Somos cuando actuamos y no cuando reflexionamos. Y como hemos venido aquí a relacionarnos, la educación es el arte y oficio sublime de aprender mientras se enseña y de enseñar mientras se aprende. Solo estando de verdad, de todo corazón, siempre, puedes aprender y enseñar a estar.
  • 14. Que necesitamos más mala leche y más esperanza. Debemos estar más enfadados y más ilusionados a la vez. Nos conviene señalar y denunciar a los culpables, mirarles a los ojos, no asumir que esto toca y demostrarles toda la rabia que sentimos. Y, simultáneamente, ir arreglando con las manos el día a día, desde el inconformismo, con ambición y con la certeza absoluta de que es posible.
  • 15. Que necesitamos médicos y maestros con visión de cabecera, en vez de dedicarse al trocito asignado y ya, que sean capaces de tomar distancia y de cuidar a las personas enteras, de la cabeza a los pies.
  • 16. Que la belleza se encuentra en la mirada y que no hay privilegio más bonito que ser observado desde el amor incondicional y la alegría de vivir. No hay ninguna inversión más segura y rentable que rodearnos de personas que nos aman tal y como somos, que nos encuentran guapísimos al margen de lo que dicte el espejo. Que nos miran siempre con buenos ojos.

Y tú, ¿qué has aprendido este 2016?

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