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Una conversación, como definen los diccionarios, es un diálogo entre dos o más personas con el objetivo de expresar ideas, emociones o afectos, no siempre con una planificación previa.

Toda conversación tiene tres aspectos básicos: el aspecto Individual, el “yo” o la dimensión personal; el aspecto Operacional,  el “ ello”, o la dimensión impersonal y el aspecto Relacional, el “nosotros” o la dimensión interpersonal.

Una conversación puede convertirse en un espacio fácil o difícil según el grado de amenaza de los tres aspectos en la conversación.

La primera dificultad puede llegar cuando nuestra imagen la percibimos cuestionada porque nos sentimos avergonzados o amenazados. En ese momento, caemos en la trampa del todo o nada y todo lo que no nos permita considerarnos perfectos se convierte horroroso y todo lo que no percibamos como un elogio se convierte en insulto. Por ese motivo dedicamos tanto esfuerzo a proteger nuestra identidad, convencidos que tenemos razón, aunque la otra persona esté equivocada.

Si a nuestra imagen e identidad le sumamos los pensamientos y sentimientos que de verdad importan y no siempre damos a conocer, incluso porque no hemos tomado consciencia de ello, nos podemos encontrar en que cada interlocutor cree saber y comprender lo que está sucediendo, pero no ser así en realidad.

Finalmente, debemos tener en cuenta las hipótesis y las expectativas no expresadas ni reconocidas, que pueden generar desilusión hacia la otra persona, en el plano relacional. Crítica y actitud defensiva que pueden degenerar en desprecio si nos distanciamos mutuamente y perdemos el sentido de conexión, porque consideramos que es inútil una comunicación clara y sincera.

En todas estas condiciones la conversación se convierte más en una discusión que una conversación.

¿Cómo podemos facilitar el proceso para que la conversación se convierta en fácil?

Con respecto al nivel individual, el yo, debemos comprender que se ponen en juego aspectos de nuestra verdadera identidad. Lo mejor es ampliar el criterio con que nos juzgamos a nosotros mismos y comprender que las etiquetas del tipo “todo o nada” no son suficientes para describirnos.

En cuanto al aspecto operacional, debemos partir de la base que cualquier persona puede aportar información significativa y descubrir cuál es nuestro papel en la conversación.

Y en el plano relacional, debemos comprender que la conexión no surge de una postura de arrogancia moral sino de la verdadera humildad. Solo a través de la confianza y el respeto mutuo, dando espacio a los deseos y las emociones,  es posible establecer una interacción y conexión productiva.

En realidad,  una conversación se parece más a un estado de flujo entre el lenguaje, las emociones y los sentimientos. Lo que determina si una conversación deriva o no en discusión es justamente la emoción, porque todo lo que pasa en una conversación tiene consecuencias en nuestras emociones y a la inversa.

Como decía Virginia Satir “Creo que el mejor regalo que puedo recibir de alguien es que me vea, que me escuche, que me entienda y que me toque. El mejor regalo que puedo dar es ver, escuchar, entender y tocar a otra persona. Cuando se ha hecho esto, siento que se ha establecido contacto”.

Ecuanimidad, humildad, amor y compasión. Con ellas de nuestro lado es posible conversar.

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No sé cuándo ocurrió exactamente. De hecho, no sé si es algo que sucedió en un momento concreto o fue algo que fue ocurriendo paulatinamente a lo largo de un periodo de tiempo. No lo sé. Lo cierto es que algo se rompió. La relación no es ni mucho menos la misma que la que durante muchos años había sido.

Malentendidos no tratados, expectativas sobre el otro que nunca fueron comunicadas y por tanto nunca pudieron verse satisfechas, pequeñas molestias en la relación que fueron toleradas… Probablemente estos y algunos otros fueron los ingredientes que explican este alejamiento, la ruptura o debilitación del vínculo entre los dos, que en otros momentos fue tan fuerte y sólido, aparentemente indestructible.

Hoy me paro a pensar, y me doy cuenta de que yo soy parte del problema y de que esta relación es importante para mí. Y decido hacer algo al respecto. Asumo la responsabilidad de regenerar, de restaurar lo maltrecho, de poner lo que pueda de mi parte para recuperar el vínculo. Decido volver a reconocerte, verte de nuevo, trabajar nuevamente en la reparación de la conexión contigo.

¿Y por dónde empiezo? Voy a hablar contigo. Vamos a tener esa conversación pendiente. Quiero volver a decirte lo importante que eres para mí, y el valor que le atribuyo a nuestra relación. Quiero reconocer tus cualidades, cómo me complementas, y el valor que me aportas. Y quiero que escuches lo importante que es para mí conservar y recuperar todos estos aspectos.

Quiero decirte cómo me gustaría que se transforme nuestra relación. Voy a pedirte algunas cosas, quiero que conozcas mejor mis necesidades y expectativas. Y obviamente voy a estar abierto a lo que tú necesitas y esperas, quiero ofrecerte aquello que sea de ayuda para el restablecimiento de nuestro vínculo. Quiero que entre los 2 lleguemos a un acuerdo claro y constructivo.

Pero no, no me resultará fácil. Prepararé adecuadamente el escenario y el momento para la conversación. Y sobre todos me preparé emocionalmente para no poner en riesgo aquello valioso que tú y yo compartimos. Sí, voy a tener la conversación. Y lo interesante es que, paradójicamente, ya ha cambiado algo en mí, sin haber realizado aún la conversación. Y precisamente por eso, decido tener la conversación pendiente contigo.
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