Blog, Somos relacionales

UNA DEUDA DE GRATITUD

Una de las tareas que da tiempo de hacer el confinamiento, es revisar aquello que tenemos pendiente. Pendiente de hacer, decir, colocar, mostrar, solucionar. No siempre hace falta revisar y buscar, sino que a veces aquello que está pendiente, simplemente, llama a la puerta

La pandemia ha hecho visible lo invisible, lo que, con nuestras prisas diarias, no éramos capaces de ver. Desde el Instituto Relacional queremos rendir un tributo especial a nuestros (y vuestros) mayores. Esas personas que vienen de muy lejos, que ya lo han recorrido casi todo y que ya lo han visto casi todo; y que ahora, en su cansancio vital, afrontan un nuevo capítulo de un libro del que muchos ni siquiera podrán conocer el epílogo.

Ellos y ellas son los más vulnerables frente al virus, son los que llenan las UCIs y el grupo perdedor frente a la infección. Muchos ya lo perdieron todo hace años, y después se levantaron, y nos levantaron. Y, sin embargo, las noticias nos cuentan hoy que a partir de los 70 años el impacto psicológico del confinamiento está siendo menor, que a partir de ciertas edades se dispone de más recursos, se vive con menos ansiedad. Quizá muchos han pasado ya por situaciones mucho peores, todos han perdido a sus padres, muchos a sus parejas, y algunos han perdido a un hijo o hija. Han vivido una guerra, una cartilla de racionamiento, una dictadura, una transición, varias crisis económicas. Esto no les parece lo peor, aunque se lleven la peor parte. Se han hecho muy resilientes.

Tenemos mucho que aprender de ellos: a seguir peleando, a acatar lo que nos dicen que hay que hacer, a ignorar nuestros problemas del primer mundo, a ser tan generosos y solidarios como se puede ser cuando se pasa hambre y aun así se comparte lo que se tiene, a integrar en nuestros corazones la preocupación sincera por el otro, a situarnos, pero de verdad, en un lugar secundario y sin protagonismos.

Tenemos mucho que agradecerles porque no seríamos quienes somos sin ellos. Incluso cuando hayamos podido vivir con dolor esa firmeza y exigencia que como padres transmitían (sí, es la generación de la exigencia y la responsabilidad). Les debemos años de trabajo, toneladas de entrega y kilómetros de camino recorrido. Ellos nos han hecho llorar y nos han secado las lágrimas cuando éramos niños. Nos han trasmitido el amor por la lectura, por la música, por el campo o por el mar. Nos han puesto límites que hemos tardado décadas en comprender. Nos han  traído hasta donde hoy estamos, como personas, como familias y como sociedad. Ellos son quienes menos merecen lo que esta pandemia está trayendo.

Expresamos aquí nuestra gratitud a ellas y ellos: los que están, y los que ya se fueron, los que están solos, los que están hospitalizados, los que están en residencias, los que están en casa guardando estrictamente el confinamiento, los que no pueden moverse, y los que hacen ejercicio frente a la televisión. Lo hacemos a través del texto de una mujer de 86 años que solía caminar una hora diaria por el parque del Retiro en Madrid hasta que comenzó el estado de alarma. Ella, que cada día llevaba pan a los gorriones, echa de menos sus paseos y sus pajaritos; asegura que los pájaros la reconocían cuando llegaba al parque cada día. Con su fuerza y su disciplina, va encontrando recursos para llevar el confinamiento, uno de ellos es escribir. Y como persona que mira la vida con agradecimiento y responsabilidad, se queda en casa y escribe, esperanzada, este texto que hoy hacemos público, en homenaje y reconocimiento a toda esa generación de mayores. Un aplauso equivalente a toda una vida, para todos nuestros mayores.

«¡Sí, hay primavera!».

«Este año no hay primavera», dicen.

¿Que no hay primavera? Sí la hay. Lo que pasa es que estamos dentro de casa y no la vemos. Muy pocos tienen la suerte de ver un árbol o un arbusto. Algunos se conforman con cuidar unas plantas y ver cómo nacen unas florecillas.

Cuando salgamos de este forzoso y conveniente encierro, veremos el milagro que se ha ido realizando en este tiempo. Cada lágrima derramada por un niño que quiere ir al parque, cada lágrima vertida por quien ve, en soledad, acercarse a la muerte, cada lágrima que se enjuga a escondidas ese médico que siente la incapacidad de curar a tanta gente que sufre, cada lágrima que desciende por los surcos que los años han ido dejando en el rostro de tantos ancianos que viven tristes esta situación. Las lágrimas de aquellas personas que, con su trabajo y esfuerzo, nos han facilitado tantas cosas necesarias. Y el llanto de los que, en nuestras casas, nos sentimos compasivos, agradecidos y temerosos. Todos ellos, todos nosotros, sin saberlo, hemos estado «haciendo» primavera.

Todas y cada una de esas lágrimas (y son muchas) han sido la mejor forma de riego, y han hecho, están haciendo, que broten con esplendor más hojas y más flores.

Y cuando llegue el verano, veremos los frutos y la belleza que, en silencio, nos está preparando esta primavera.

Y ese espectáculo maravilloso nos permitirá, si no olvidar, al menos suavizar los recuerdos de este tiempo en que hemos estado privados de primavera.

Y oiremos cantar a los gorriones, y volveremos a darles miguitas de pan. ¿Se acordarán, tal vez, de nosotros? ¿Nos reconocerán?

¡Sí, hay primavera!

MPG, 85 años.