Edward Ibrahim para Unsplash

Empieza un nuevo curso escolar, y esta vez sí será nuevo en toda la amplitud de la palabra, porque la pandemia nos ha hecho experimentar el significado de la separación, aflorando nuestra humanidad y situando a las relaciones en el punto de mira como necesidad vital.

Nuestro día a día cobra sentido cuando hay otras personas con quienes compartirlo. Así, la escuela se ha convertido en espejo de esa nueva realidad. Los límites de la relación entre docentes y alumnado se han desdibujado, y el profesorado debe marcar nuevos contornos relacionales, porque los anteriores ya no son válidos. Educador y educando han descubierto que se necesitan; unos para dar sentido a su vocación y al propósito de su trabajo, otros para descubrir quiénes son. «La educación ayuda a la persona a aprender a ser lo que es capaz de ser», dejó escrito el sabio poeta Hesíodo, hace más de 2500 años.

En este replanteamiento urge, más que nunca, escuchar, mirar y reconocer a niñas, niños y adolescentes que habrán vivido, en mayor o menor medida, angustia, miedo, dolor, pérdida, rabia, desconcierto. Cada quien merece ser comprendido en su momento vital. Cabe, entonces, preguntarse qué necesita el alumnado y cómo atender sus necesidades, porque conocer su situación es imprescindible para trazar un mapa que conduzca a reconstruir los lazos afectivos.

Debemos recordar que la función más importante de la escuela es la socialización. Los estudios en neuroeducación no se cansan de repetir que sin emoción no hay aprendizaje, así que nadie sufra por ello. Es urgente desplazar las prioridades hacia las relaciones, al vínculo, para conseguir una relación educativa relevante y significativa. Más equidad relacional. Más profesoras y profesores que emocionan, conectan y quieren. Más niñas, niños y adolescentes siendo cuidados, acompañados y reconocidos por su singularidad.

Por primera vez estamos ante un reto educativo en el que toda la comunidad educativa saldrá ganando.

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