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CUANDO QUEDARSE YA ES UNA FORMA DE IRSE

  • Foto del escritor: Pau Quintana
    Pau Quintana
  • hace 2 horas
  • 4 min de lectura

Hay una forma de marcharse que no deja rastro. La persona sigue ahí, en su silla, saludando cada mañana y cerrando sus tareas a tiempo, pero si te acercas de verdad, notas que algo se ha ido apagando por dentro. Ha dejado de proponer, de discutir con ganas, de quedarse cinco minutos más porque la conversación merecía la pena, pero no ha dado ningún portazo.


Ha hecho algo más discreto y más hondo: ha retirado el alma de lo que hace y ha dejado el cuerpo cumpliendo. A ese repliegue callado lo llamamos hoy quiet quitting, renuncia silenciosa. Y sospecho que ya en el nombre empezamos a equivocarnos.


Llamarlo «renuncia» pone el gesto, y con él la culpa, del lado de quien trabaja. Como si la persona hubiera decidido, en un acto privado y un poco cobarde, dejar de dar. La palabra huele a desgana, a comodidad, a una generación que ya no quiere entregarse. Merece la pena desconfiar de esa lectura, porque cierra la herida demasiado pronto. La renuncia silenciosa se entiende de otro modo cuando la escuchamos como una respuesta y no como un capricho. Antes de que alguien deje de dar, algo dejó de llegarle. El silencio con el que se apaga suele ser el eco de otro silencio anterior: el de no haber sido visto ni reconocido.


No hablamos de casos aislados. Cuando la consultora americana Gallup mira el mundo del trabajo a nivel mundial, encuentra que casi dos de cada tres personas viven su empleo desde una desvinculación silenciosa, presentes en la tarea y ausentes en el vínculo. Es una cifra que parece describir individuos, desganas sumadas una a una, pero en el fondo describe otra cosa. Describe relaciones que se enfriaron, reconocimientos que no llegaron y conversaciones que nunca se tuvieron.


Vale la pena detenerse aquí y preguntarnos con honestidad. ¿Cuándo fue la última vez que alguien de nuestro equipo se sintió de verdad visto? ¿Recordamos el momento en que se le fue apagando la mirada, o sucedió sin que nadie lo advirtiera?


Gabriel Marcel distinguió la presencia de la simple cercanía física. Alguien puede estar sentado a nuestro lado y hallarse por completo ausente, y alguien lejano puede sostenernos con su presencia. Estar presente, para Marcel, es hacerse disponible al otro, abrirle un lugar dentro de uno mismo. Trabajamos siempre dentro de ese tejido de presencias que nos sostiene o nos deja caer. Cuando alguien nos siente disponibles, se atreve, propone, se expone, en cambio, cuando percibe que solo ocupamos un cargo, se guarda, se protege, se repliega hacia lo mínimo. La renuncia silenciosa nace ahí, en la intemperie de sentirse un recurso y no un rostro. Nadie retira su entusiasmo de un lugar donde se siente visto y reconocido.


En el Instituto Relacional hemos comprobado mediante un estudio, que la calidad relacional incide en la decisión de quedarse a través del compromiso afectivo. Es un hallazgo sencillo y exigente a la vez. Sencillo, porque cualquiera que haya cuidado un vínculo lo reconoce: nos quedamos donde nos sentimos parte, donde alguien confía en nosotros, donde lo que damos encuentra respuesta. Exigente, porque señala que la permanencia no se compra con incentivos, se cultiva con presencia. El compromiso afectivo es esa entrega que ninguna cláusula puede exigir y que solo florece cuando la relación la merece.


Cuando ese compromiso se marchita, aparece el fenómeno en toda su tristeza. El reconocimiento se adelgaza, la confianza se resquebraja y el afecto se retira; y lo que queda es una presencia hueca, un estar sin estar. La renuncia silenciosa es la antesala de la marcha. La persona se despide por dentro meses o años antes de firmar nada. Y esa despedida callada, precisamente porque no figura en ninguna estadística de bajas, es la más costosa de todas.


Simone Weil dejó una frase que debería presidir cualquier reflexión sobre el reconocimiento: la atención es la forma más rara y más pura de la generosidad. Reconocer a alguien empieza por mirarlo de verdad, por prestarle esa atención que le devuelve la certeza de importar. El reconocimiento antecede al esfuerzo y lo vuelve posible. De modo que una organización que mide sin mirar y que evalúa sin reconocer, retira sin darse cuenta el suelo mismo sobre el que pedirá después que crezca el compromiso. Reclama el fruto mientras deja secarse la raíz.


La tentación, llegados aquí, es leer la renuncia silenciosa como un problema de personas a las que hay que volver a encender, con una campaña, un bono o un taller de propósito. El afecto se resiste a esa vía, porque nadie lo entrega por decreto. Se despierta cuando existen las condiciones que lo hacen posible, y esas condiciones son, casi siempre, relacionales. Por eso quienes se han ido quedándose no son el fracaso de una organización: son su espejo más honesto. Nos devuelve, con una fidelidad que duele, la calidad de los vínculos que han recibido.


La pregunta útil cambia entonces de dirección. Deja de ser «cómo conseguimos que vuelvan a comprometerse» y se convierte en «qué dejamos de ofrecerles, en el terreno del cuidado y el reconocimiento, para que quedarse acabara doliendo tanto como irse». La primera pregunta busca a quién señalar y casi nunca lo encuentra. La segunda, más incómoda y más fértil, nos obliga a mirarnos. Y a diferencia de la otra, esta sí tiene una respuesta sobre la que podemos empezar, hoy mismo, a trabajar.



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