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SOLO QUIERO QUE...

Foto del escritor: Teresa Clemente
Teresa Clemente
hace 2 días
2 min de lectura
Señal de madera en una bifurcación de caminos, con dos direcciones opuestas, como metáfora de las diferentes perspectivas y de la posibilidad de elegir cómo acercarnos a ellas.
Imagen generada con IA.

Rara vez nos sentamos frente a alguien con la disposición a escuchar. En la mayoría de los intercambios cotidianos, la conversación ha dejado de ser un puente para convertirse en un trámite o en una confrontación. Escuchamos solo para responder, no para comprender. El otro desaparece como sujeto y solo existo yo:


·       Solo quiero que entienda que lo que yo digo, creo, opino, es lo correcto.

·       Solo quiero que vea cómo son las cosas en realidad.

·       Solo quiero que alinee con lo que hacemos y cómo lo hacemos

·       Solo quiero que se dé cuenta de…


Detrás de estas intenciones no hay un deseo sincero de dialogar, sino la necesidad latente de reforzar nuestro pensamiento y homogeneizar el de los otros.


Bajo esa premisa, el diálogo no existe. Convertimos la comunicación en un intento sutil —o agresivo— de domesticar el punto de vista ajeno. Nos incomoda el desacuerdo porque lo interpretamos como una amenaza, cuando en realidad es la única puerta de entrada al aprendizaje.


Si el único resultado aceptable para una conversación es que la otra persona termine pensando exactamente como tú, no estabas buscando hablar, estabas buscando básicamente convencer. La conversación se transforma en un mero trámite que incorporamos a nuestro hacer, pero sin propósito real de ver y escuchar. 


Para romper esta inercia hace falta transformar radicalmente nuestra forma de escuchar. Escuchar de verdad no es guardar silencio mientras el otro habla esperando pacientemente nuestro turno para atacar. La verdadera escucha es un acto de generosidad y valentía: implica pausar el juicio, acallar el ruido mental de nuestros propios argumentos y estar presentes con curiosidad auténtica. Es abrir un espacio donde las palabras del otro no sean vistas como una amenaza a desmontar, sino como una ventana a un mundo distinto que merece ser explorado.


Aceptar que existen otras realidades no significa renunciar a la tuya ni ceder en tus convicciones; significa entender que la realidad es multidimensional y que no hay una sola forma de mirarla. La verdadera madurez relacional consiste en sostener la tensión de pensar diferente sin convertir la diferencia en un conflicto.

El cambio real ocurre cuando cambiamos la intención con la que nos relacionamos. Tal vez el primer paso para volver a conectar sea soltar la necesidad de tener razón y atreverse a dudar:


¿Y si hoy simplemente me dispongo a escuchar de verdad? ¿Y si considero detenidamente su punto de vista, me hago preguntas sinceras y soy capaz de legitimar que su mirada sea tan válida como la mía?


Que nuestras visiones sean distintas no significa que sean incompatibles; en la intersección de dos miradas honestas es justamente donde nace la posibilidad de hallar un punto de encuentro.


Por Teresa Clemente.

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