Imagen: EFE/Reduan

Este soliloquio comienza con una fotografía que, en cosa de horas, dio la vuelta al mundo. La historia de un abrazo. Es difícil no emocionarse. En un simple ejercicio de empatía, basta pensar en cómo una misma habría reaccionado ante un desenlace similar luego de enfrentar a la muerte. Definitivamente, yo también lo habría necesitado.

Ese abrazo en Ceuta simboliza lo que muchos hoy, desde las altas esferas de poder, no quieren ver: humanidad. La imagen -un chico y una chica, de diferentes culturas y situaciones vitales, unidos en un consuelo- nos muestra lo simple que es entendernos. Allí no hay palabras, no hay diferencias, son solo dos personas entregándose, de corazón, de verdad.

Ante todo lo que hemos visto los últimos días, desde el bebé siendo rescatado de morir ahogado hasta los cientos y cientos de niños sentados a la espera de un destino en manos desconocidas, no puedo dejar de preguntarme cómo aún hay quienes pueden mirar al costado. Cómo, con todo lo que está pasando, es posible obviar y, peor aún, NEGAR el dolor y sufrimiento de tantas y tantos.

Ese chico dejó atrás toda una vida al zambullirse en el mar. Luchó por respirar, por mantenerse a flote en la inmensa profundidad de sus aguas. Perdió a sus amigos, perdió su familia. Vio gente morir. Y allá, a lo lejos, mientras divisaba una tierra cubierta por fuerzas militares, sabía que su único destino era ser deportado. A pesar de todo, decidió seguir braceando y no hundirse. Si eso no merece admiración y respeto, entonces ¿de qué estamos hablando?

Duele oír voces que criminalizan a menores de edad. Duele ver que cierren las puertas a personas que no tienen nada. Y duele, aún más, cuando todo eso lo justifican a nombre de todas y todos nosotros. Quienes tenemos la suerte de vivir en contextos de paz y derechos a veces perdemos consciencia de nuestra posición en el mundo. Somos personas privilegiadas. No, hay que asumirlo bien: ¡SOMOS PERSONAS PRIVILEGIADAS!

Aunque tengamos mucho por mejorar como sociedad, no podemos olvidar que solo décadas atrás eran nuestros países los que vivían en guerra y pasaban hambre. Fueron nuestros abuelos y/o padres los que sintieron miedo y debieron refugiarse en otras latitudes. Entonces, cuando agreden a la voluntaria de la Cruz Roja por haber aceptado ese abrazo y cuidado al chico en su momento más vulnerable, cuando agreden a alguien por brindar un mínimo gesto de humanidad, ¿de qué estamos hablando?

Yo también lo habría abrazado, y abrazaría a cada quien haya librado una batalla interna, porque dejar atrás una vida conocida en pos de una vida por conocer me parece un acto de seres valientes y extraordinarios; porque es natural sentir y conectar. No sé si es por ser yo misma una inmigrante que esto me afecta. Prefiero pensar que es porque soy persona, porque aún creo que eso es lo que me predispone a conmoverme tanto con una sonrisa como con una lágrima. Y prefiero pensar que, así como yo, hay muchas y muchos más que queremos y podemos acallar el odio y la incomprensión. De eso quiero hablar.

Luna, la voluntaria de Cruz Roja: «Solo le di un abrazo»

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