Parece imposible pensar que hace algo más de un año iniciamos el curso con más incertidumbres que el sistema educativo había enfrentado en las últimas décadas. Veníamos de vivir un obligado confinamiento domiciliario, por lo tanto, la única respuesta posible de la escuela fue realizar un acompañamiento telemático a niñas, niños y familias. Una realidad que dejó entrever virtudes y limitaciones del sistema al poner a prueba la capacidad de reacción y adaptabilidad de la escuela, el conocimiento digital por partes del profesorado y las existentes desigualdades económicas y socioculturales de los centros y las familias, que en la práctica amplificaron las diferencias en el acompañamiento de las y los menores.

Los centros educativos encararon un curso académico lleno de incertidumbres e inseguridades. Al ser la educación un derecho prioritario, se tuvieron que centrar las miradas en las consecuencias que la inequidad y la exclusión generaron y acrecentaron durante el confinamiento. Entonces, la apuesta de la administración pública fue por la educación presencial en la etapa de infantil, primaria y secundaria, potenciar la educación híbrida en la etapa de Bachillerato y telemática para los estudios universitarios.

Enseñar y aprender son dos caras de una misma moneda. Ambas vertebran la escuela a través del espacio educativo, un espacio que, más que nunca, comenzó a ser concebido como relacional, es decir, priorizando el aprendizaje por encima de la enseñanza y creando comunidad. Los espacios relacionales son transparentes, potencian la autonomía del alumnado, son flexibles y adaptables, promueven la curiosidad, la atención, el conocimiento y, finalmente, el aprendizaje. Son espacios donde el o la estudiante es protagonista y adquiere un rol esencial en la construcción de su propio conocimiento.

Antes de la pandemia, los diversos ambientes de aprendizaje estaban representados en espacios clasificados y distribuidos en bloques temáticos de conocimiento. Así se potenciaba al máximo la relación entre iguales, la libre circulación, la globalización de los aprendizajes y las conexiones entre los diferentes bloques de conocimiento.

Sin embargo, el curso 2020-2021 se inició con el vertiginoso reto de repensar y rehacer todo. La situación fue paradójica: necesitábamos potenciar las relaciones creando espacios seguros en los que niñas y niños de diferentes aulas no tuviesen contacto físico. Pero ¿en qué quedaban los juegos en los tiempos de recreo?, ¿cómo se establecerían vínculos saludables con el profesorado si los espacios de encuentro eran única y exclusivamente telemáticos? Estas y otra infinidad de cuestionamientos emergían en cada rincón del centro.

Se tenía que transmitir ternura y aprecio desde la distancia física y, la mejor forma de lograrlo, era abrazando con la mirada. La respuesta y propuesta del mundo escolar fue recrear mini ambientes dentro de un mismo grupo burbuja ofreciendo espacios de diálogo para la comprensión y el cuidado, para construir seguridad reforzando el vínculo entre niñas y niños de una única aula; fomentar la cohesión y el sentimiento de pertenencia al grupo, como si de un naufragio naval se tratara.

Antonia Rendón, niña colombiana de 6 años. Imagen publicada en ElDiario.es

UN NECESARIO CAMBIO DE ROLES

Niñas y niños alcanzaron mucha más sabiduría de la que nos podríamos imaginar: aprendieron a convivir con la pérdida, la frustración, la rabia, el duelo, el aburrimiento, y a regular todas aquellas emociones con las que, muy probablemente, tendrán que lidiar en el futuro. Además, han sabido autogestionarse los tiempos y ganar autonomía en pos de sus propios estudios. Es evidente que aprendieron a aprender y, en eso, mejoraron incluso sus competencias digitales.

Para nosotros, el profesorado, la sorpresa fue evidenciar que la solución era más simple de lo que pensábamos: poner en valor que los aprendizajes venían directamente de la pròpia vida; aprendizajes significatives y reales que la pandemia incrustó imperativamente en cada uno de los hogares.

Muchas familias se mostraron angustiadas y preocupadas por todos aquellos contenidos académicos que no habían podido concluir. Entonces, nuestra labor se volcó a transmitir seguridad y confianza, intentando hacer ver que todo aquello que sus hijos e hijas estaban viviendo, podia aprovecharse como una gran Fuente de enriquecimiento, experiència y aprendizaje.

A un año de esa experiencia, se percibe luz del final de túnel. Se siente la partida prácticamente ganada y se muestra una vez más la resiliencia y la capacidad de adaptación de las niñas y niños de todas las escuelas.

Está muy bien repensar quién enseña a quién. ¡Gracias niños, sois una maravilla!

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