Imagen: Priscilla Du Pree para Unsplash

En muchas conversaciones constato una sensación de poca energía y empuje para acometer tareas, proyectos o sostener circunstancias o relaciones. Aunque se percibe cierto progreso, no está siendo fácil: llevamos una mochila de vivencias de mayor o menor intensidad, algunas muy duras, y eso nos está pesando.

Parece, además, que también hay dificultades o desgana para celebrar lo que sí funciona o fluye. A este estado nos referimos últimamente con términos como apatía, languidez o, más recientemente, fatiga pandémica.

Es extraño. Cuando hablo con mis amigas percibo deseo por avanzar, pero también vulnerabilidad. Hay sensación de estar saliendo de una situación complicada y, a la vez, malestar. A veces es falta de plenitud, de perspectiva, sensación de inseguridad o desasosiego a la hora de decidir.

En estas conversaciones me doy cuenta de que no queremos tanto una respuesta o solución a lo que nos ocurre, sino compartirlo. Esta necesidad de ser escuchadas y acompañadas es como si la pandemia nos hubiera dejado una insuficiencia relacional que necesitamos paliar con conversaciones que nos acompañen a actuar.

La importancia de contrastar

Yo misma trato de tener conversaciones para reiniciarme o recargarme. Necesito esos momentos para ordenarme y regenerarme, para afrontar lo que me ocurre y recordar el sentido y propósito de lo que siento y hago.

Para entender lo que me pasa o dar sentido a lo que hago, a veces necesito apoyarme en conversaciones con personas significativas para mí, personas admiradas, queridas, en las que deposito mi confianza y donde se genera una situación en la que me siento segura de exponer mis dificultades y dilemas vitales. Son personas con las que tengo un vínculo, de muy distinto orden y origen, pero autorizado y refrendado.

Esas personas conocen partes de mí, de mi historia y valores, que permiten abrirme y hablarles de lo que me aflige y, gracias a ello, parece que nos volvamos a conocer; me siento re-conocida. Al final, más que un consejo o una receta, la interacción con ellas me brinda un criterio para manejarme con lo que me pasa.

Lo que más me conecta de estas conversaciones es que lo dicho no se juzga no clasifica, no se empaqueta ni se etiqueta. Por el contrario, se acoge con cierta calidez, con aceptación, como si de ahí pudiera salir alguna oportunidad de acción. Me suele ocurrir aquello de «y ahora que te lo estoy explicando me doy cuenta de que…».

A veces, cuando explico lo que me preocupa, creo ser la única persona que está pasando por algo así. Sorprendentemente, no tardo en darme cuenta de que mi situación, mi historia singular, se convierte en una tercera invitada. Por muy particular y única que yo la creía, veo cómo pertenece a una esfera humanamente compartida, formando parte de la necesidad de bienestar y del querer evitar el sufrimiento.

Entonces, en esas conversaciones que acompañan, entiendo que lo que me molesta o preocupa, por encima de todo, la fuente de mi preocupación y estrés está en la relación que establezco yo misma ante las situaciones o personas y lo que finalmente hago o no hago con ello.

Acompañar para la acción

Ha habido momentos en los que he tratado de resolver las dificultades de la vida pensando mucho en ellas, dedicándole horas y horas de pensamiento. Tenía la idea de que podría cambiar o avanzar en un tema pensando mucho y mucho en ello. Pero, del mismo modo que pensar mucho en correr no te prepara para un maratón, pensar mucho en lo que te angustia y te estresa no te prepara para afrontarlo

Por suerte, cuento con personas cercanas que me ofrecen un acompañamiento relacional personalizado, pues hacen renovar mi responsabilidad sobre lo que siento mediante conversaciones que ordenan y dignifican mi experiencia y mi historia vital. Estas conversaciones me acompañan y me invitan a buscar opciones y posibilidades y a trabajar desde los recursos que ya tengo.

Poder orientarse hacia la acción abre catálogos de posibilidades ante nosotros. En este sentido es importante considerar dos cosas: la manera en que actuamos cambia la manera en qué sentimos, y la evolución requiere diferencia y acción comprometida, requiere hacerse cargo.

«Procuremos más ser padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado».

Miguel de Unamuno

El acompañamiento facilita la acción. A veces no se tiene a quien acudir, o las personas en las que nos apoyamos no pueden ayudarnos de forma profesional o son parte de lo que nos ocurre. Entonces, es necesario contar con un acompañamiento profesional para tomar conciencia y actuar sobre aquello que no te está ayudando o te dificulta afrontar el momento que atraviesas.

Puedes necesitar reorientación o búsqueda de reequilibrio en tus relaciones con compañeros o familia, o enfrentar a un equipo desmotivado, o tomar decisiones importantes… actualmente todos son momentos de agotamiento y muy inciertos, no nos engañemos, no está siendo fácil. Puedes considerar la idea de si para ti ahora es un buen momento para dejarte acompañar.

(Texto revisado por Daniela Rojas, Susana de los Reyes y Esther Trujillo. ¡Gracias!)

Ver más detalles del ACOMPAÑAMIENTO RELACIONAL PERSONALIZADO.

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